Papa Francisco se reunió con líderes de comunidades amazónicas. (EFE)
Papa Francisco se reunió con líderes de comunidades amazónicas. (EFE)

Bergoglio no dejó de asombrarme en su tan reciente visita. Abogó en Lima por soluciones para el lejano Congo –que lea nomás lo que el Che Guevara opinaba de ese país tras intentar guerrillas allí– y calló absolutamente sobre la cercana, latinoamericana, católica e hispanohablante Venezuela, donde el hambre, aparte de Maduro, ya está matando a la gente (el NYT acaba de sacar un reportaje sobre el medieval incremento de la mortalidad infantil allá por hambre, como el caso del bebé Kenyerber Aquino). Luego soltó uno de los peores comentarios de mal gusto que haya oído: “¿Saben lo que es la monja chismosa? Es terrorista, peor que los de Ayacucho hace años”.

¿Francisco I ignora la gran cantidad de muertos que tuvimos aquí por el terrorismo como para lanzar esa ligereza a guisa de broma? Más vale caer en gracia que ser gracioso… Y lindó con lo malcriado al sacar así de bruscamente su mano cuando el siempre desatinado PPK intentó besar el anillo papal durante la despedida en el aeropuerto. PPK no es santo de mi devoción y no me hubiera molestado que le vacasen por la inmoralidad de Westfield, pero, como presidente, personifica a la nación durante su mandato y un desplante así de un jefe de Estado extranjero a nuestro jefe de Estado nacional nos mancilla a todos los peruanos, amemos o no a PPK. Tampoco me queda claro qué significa el concepto “neoextractivismo” para Bergoglio? ¿La selva debe ser entonces una especie de museo intocable, un Edén del Adán amazónico donde los buenos salvajes sigan viviendo idílicamente con sus taparrabos y cerbatanas, en la más abyecta pobreza?

Lo más fácil y popular me sería unirme al coro cacofónico de mis colegas; criticar a un Papa aquí es casi suicida. Pero “la verdad os hará libres” (Juan 8:32).