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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Lloré, en verdad lloré, pero no de pena, aunque algo de eso había, sino de risa. Pena había también, pues quien quiere a este país tanto como para haber elegido vivir en él, se duele en sus entrañas cuando un individuo pequeño, casi insignificante, puede levantar –con la complicidad de los medios y el apoyo de los más oscuros adalides de la política nacional– una inmensa conspiración en defensa de todo lo que nos posterga. Comprar voluntades es repulsivo. Hacerlo por lo que se cuenta que lo ha hecho nos acerca al vómito. Al vómito y a una realidad que pese a todos los mensajes triunfales y al gracioso e insultante premio al ministro de Economía –fue premiado por una revista británica como el mejor ministro de Latinoamérica–, muestra a un enorme sector de la población habitando aún en los peores arrabales del subdesarrollo. Risa también porque el gran revocador ni siquiera se tomó la molestia de recurrir al subterfugio de un maquillaje y usó, en la supuesta enfermedad, la misma cara de piedra rozagante con la que compra gente, levanta infundios o se burla de las instituciones. Parecía un sketch del desaparecido Risas y Salsa. Allí, quizá, Marco Tulio hubiese podido desplegar sus talentos y hoy tendría el reconocimiento de la ciudadanía por haberles ayudado a reír en la desgracia. No será así y este ciudadano, que puede hacerle un daño mayúsculo a la ciudad de Lima, será citado en el futuro –así lo creo– como uno de los tantos ridículos escollos que los gigantes del poder utilizan para trabar las ruedas de una auténtica democracia.