En busca del sol
En busca del sol

El tsunami en Tailandia de 2004 mató a 260,000 y el terremoto en Haití de 2010 a 300,000. La epidemia lleva un millón en ocho meses. Pero hay una sutil diferencia. Los desastres naturales duraron menos de 10 minutos. En ese tiempo la epidemia mata a 28. En comparación, el tsunami o el terremoto mataron diez mil veces más. El riesgo de una muerte lenta, como la de la epidemia, es que la hace cotidiana. No pasa lo mismo al sobrevivir a un desastre devastador. Hay que sacudirse polvo o lodo, entender qué diablos ha pasado, buscar a quien tenías de la mano y lo sospechas muerto. Miras alrededor y ves destrucción como nunca la imaginaste. Hay quienes, dominados por el desaliento, se abandonan. Pero los más empiezan a levantar escombros con las manos. Cada rescate es una alegría inmensa; por eso olvidan sed, hambre, dolores y rabia. Quizá por primera vez conocen el milagro de estar vivos. Entonces solo importan los demás, solo quieres ayudar.

Eso le ha pasado a nuestra economía. No ha muerto a plazos, sino a la bruta. En poquísimo tiempo desperdiciamos ahorros fiscales, nos endeudamos como cancha y destruimos empresas y empleo. Falta evaluar cuánto hemos perdido en calidad humana por descuidar nutrición y educación infantiles. Seremos más pobres y menos competitivos. Nos llevará 10 años recuperar posiciones prepandemia. ¿Qué hacemos? Se lo preguntamos a María Belón, sobreviviente del tsunami de Tailandia. Naomi Watts hizo de ella en Lo imposible. ¿Qué hiciste para estar viva? Nada, contesta con sencillez. No me merezco nada. Miles murieron y tenían más derecho que yo para seguir vivos. Estoy viva porque la vida es asquerosamente injusta. Porque da privilegios sin que los merezcamos. Pero, una vez que ha elegido quién sí y quién no, depende de uno.

Ahora estamos vivos. Vendrán desempleo, ajustes y pesares, pero nada que mate. Afuera la cosa es distinta. Nuestra economía está destruida. Somos los sobrevivientes en medio de este desastre. ¿Qué haremos con ese privilegio? Opciones: paralizarnos por shock postraumático, prosperar en el egoísmo o trabajar para reconstruir Estado y finanzas públicas. Me dirán que faltan planes. Ya llegarán, que las desgracias enseñan rápido. Pero recordemos que, cuando tuvimos planes, fracasaron. Una vez más sería imperdonable. Hará falta ganas para que tengan éxito, coraje para superar desidias y, sobre todo, pensar mucho en los demás. Como en las desgracias, que esta no es distinta. Por responsabilidad cívica, por compasión, por amor, por lo que más quiera. De nosotros depende.

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