Por los datos, vale la pena leer la autobiografía de Meche Araoz. Es cierto que la autocrítica está completamente ausente, que ese error inicial de atribuirle a Cervantes la más famosa reflexión de Ortega y Gasset denota una cultura epidérmica y que no es muy creíble eso de que pudo ser la directora general de la Organización Mundial de Comercio, como allí afirma (no dudo de un probable veto mezquino de Nadine contra su candidatura, pero ese ya era mucho puesto para Meche, que estaba bien nomás para ese cargo mexicano que tuvo en el BID, ente con fama de relajado). Y encima se nos ha vuelto una señorona gruñona, y hasta ridícula, como cuando cataloga como “acoso político” que le hayamos apodado en Correo, hace muchas lunas atrás, como “la Miss Nistra” para resaltar su otrora garbo, coquetería y simpatía juvenil. ¡Bien que le encantaba el mote! Ahora, por hacerse la interesante, se la quiere dar de feminista.

Pero el libro es un testimonio valioso, particularmente desde la página 177, donde arranca su vinculación con la campaña de PPK –es evidente que Meche terminó allí por esas eternas ansias de protagonismo que se perciben en todo el libro–, y nos comienza a contar cosas de Vizcarra. El retrato confirma mucho de lo que ya se pensaba de este: mentiroso, traicionero, gris, taimado, resentido...

Pero también aparece (pág. 193) un personaje que ha sido muy tóxico para el Perú y que ha pasado “caleta”: el asesor argentino Maximiliano Aguiar, quien le vendió la idea a Vizcarra de que atizar más el odio era su motor político (págs. 271-274), lo que envenenó más al país. Aguiar cobró rico (pagado por el BID) y se fue a su tierra, donde anda cercano al peronismo. Pueden saludarle por Navidad y pasarles sus impresiones a su mail como a su Twitter


TAGS RELACIONADOS