Nadie imaginó aquella noche, en una fiesta desmesurada en honor al músico británico Mick Jagger, que un hombre moriría abaleado.

La fiesta la dieron, en su casona de los suburbios, George y Bárbara Koenig, amigos del músico británico. Se habían conocido en un vuelo del mítico avión Concorde, entre Nueva York y Londres, y se habían hecho amigos.

Como los Koenig eran dueños de una cadena de hoteles en Sudamérica, a menudo Jagger se hospedaba en esos hoteles, sobre todo en el que poseían los Koenig en Machu Picchu, donde Jagger se sometía cada dos años a una terapia de ingestión de ayahuasca, bajo la supervisión de los chamanes y curanderos más reputados del pueblo.

Pero aquella noche, en la fiesta desmesurada en honor a Mick Jagger, las cosas irían a torcerse y un hombre sería asesinado de un balazo.

La fiesta había reunido a cien o ciento veinte personas, todas ellas amigas de los Koenig, impacientes por conocer al músico británico: algunos de los hombres más ricos del país, representantes de las artes y la cultura, modelos de moda y hasta políticos influyentes. Todos o casi todos querían una foto con Jagger.

Pero Jagger no tenía ganas de hacer buenas migas con esa tropa de mandantes, pujantes y aspirantes, a quienes veía maliciosamente como arribistas y trepadores desnortados: lo que quería era montarse a la anfitriona, la señora Bárbara Koenig.

Mientras George Koenig paseaba por un vivero colindante a su mansión, mostrando delicadamente su plantación de orquídeas a un grupo de empresarios amigos, vanagloriándose de haber descubierto un raro tipo de orquídea andina que llevaba su nombre, la “Masdevallia Koenichiana”, su esposa, la bella Bárbara, rubicunda, pícara, de mirada penetrante, senos gloriosos y nalgas pedigüeñas, se encerraba con Mick Jagger en el baño del cuarto de huéspedes, lo besaba con ardor guerrillero, se hincaba de rodillas y procedía a practicarle una felación de bienvenida.

Poco después, Jagger y la señora Koenig, ya aliviados, se entremezclaron con los invitados, al tiempo que el señor Koenig, tan contento en su piel, regresaba del vivero y se unía a la fiesta.

Fue entonces cuando llegaron el torero, el hermano del torero, que era poeta, y la comitiva o el séquito del torero, unos ocho o diez hombres jóvenes, guapos, altaneros, gritones, que entraron en la fiesta como si ingresaran al ruedo donde el matador habría de exhibir su insólito coraje. El torero, que no estaba vestido de torero, pero que lucía unas ropas ajustadas que le marcaban el abultado paquete de la entrepierna, era muy famoso, la máxima figura de la tauromaquia en España y América. Se llamaba Fernando Roca Puente, y era guapo y arrojado, un joven de insolente belleza que no conocía el miedo y era arte puro en cada mirada, cada desplante, cada quite a los envites caprichosos del destino. Su hermano, el poeta, se llamaba Juan José Roca Puente, y era igualmente guapo e intrépido, solo que no se jugaba la vida burlando a un toro de lidia, sino escribiendo poemas desgarrados.

Los Roca Puente y sus amigos llegaron pasados de copas y siguieron bebiendo como si no hubiera mañana. Eran jóvenes, capturaban la noche, abrazaban los riesgos, acaso se sentían inmortales, o lo eran de momento.

Había tan buen ambiente, todos estaban tan borrachos y eufóricos, que los amigos del torero y del poeta se propusieron desnudar al torero. De pronto lo rodearon como pirañas a un cuerpo sangrante y, sin que el torero opusiera resistencia, le quitaron las ropas, las jalonearon y arrancaron, las desgarraron y redujeron a jirones o trapos, para estupor de los anfitriones, los Koenig, y sus invitados: de pronto, el torero Roca Puente quedó desnudo y tuvo la gracia y el valor de reírse y no cubrir su dotación genital, la que dejó al descubierto, exhibiéndola con desparpajo: todos, desde Mick Jagger hasta las modelos más bellas, enmudecieron, al contemplar la desafiante largueza del miembro viril del torero. Fue un momento de una belleza luminosa: el torero de pronto desnudo, sus ropas hechas jirones, pidiendo un trago más, aceptando la desnudez con una sabiduría extraña, inesperada.

No contentos con haber desnudado al torero, sus amigotes, todos tan machos, tan rudos, tan desbocados, rodearon y asaltaron al hermano del torero, el poeta Juan José Roca Puente, quien tampoco resistió los embates de los conjurados y se dejó desnudar, riendo a carcajadas. Entonces la fiesta comprendió que los hermanos Roca Puente habían sido bendecidos por un mandato genético: también el poeta tenía un cañón entre las piernas. A diferencia de su hermano, el poeta sucumbió a un ataque de pudor y se arrojó a las aguas de la piscina, pero ya toda la fiesta había apreciado el infrecuente tamaño de su virilidad.

Fuera de control, los amigos del torero atacaron a Mick Jagger y a George Koenig. Muy listo, Jagger se quitó la camisa y dejó que le desgarrasen el pantalón de cuero negro, pero no permitió que le quitasen los calzoncillos negros, ajustados; al tiempo que George Koenig se puso serio y exigió a sus atacantes que no le quitaran la ropa. Sin embargo, los muchachos tironeaban y jaloneaban su camisa de seda, sus pantalones de lino blanco, sus calzoncillos, dejando en evidencia que, a diferencia del torero y el poeta, él, George Koenig, el magnate hotelero, el descubridor de orquídeas andinas, no tenía un cañón entre las piernas, sino una flor, una flor marchita, una orquídea replegada y diminuta.

-¡Manicero, manicero! -le gritaron los muchachones que lo habían desnudado, haciendo escarnio de su miembro viril.

-¡Pichulita Cuéllar! -gritó el torero, evocando a un personaje de un cuento de Vargas Llosa.

Humillado, George Koenig caminó a su dormitorio, se vistió en silencio y regresó a paso lento a la fiesta. Todo se había agriado, estropeado, ido al carajo. La fiesta entera se había reído a carcajadas de él, o de su miembro viril, qué culpa tenía él de haber nacido con una tripita tan lánguida y asustada, no era justo que lo creyesen un pusilánime solo porque tenía un colgajo chiquito, qué carajos se habían creído el torero y sus amigos para venir a humillarlo en su propia casa. George Koenig se plantó frente al líder de los amigotes del torero, el más insolente y juguetón de todos, un músico aficionado llamado Pedro Suárez, que le había rasgado los calzoncillos a despecho de sus súplicas, sacó una pistola y le disparó un balazo en el pecho. El joven se desplomó y murió en el acto. El torero y el poeta trataron de socorrer al amigo caído, pero ya era tarde. El torero corrió a darle una trompada a Koenig, pero este lo encañonó y le exigió que se fuese de su casa. Desnudos, ensangrentados, los ojos anegados en lágrimas, los hermanos Roca Puente cargaron a su amigo muerto y se fueron de la fiesta, sin ropa y acaso sin alma.

Días después, George Koenig sobornó a la policía y consiguió que el caso fuera cerrado, declarándose al joven muerto como la víctima de una bala perdida, disparada accidentalmente.

Mick Jagger continuó viéndose a escondidas con la señora Bárbara Koenig en suites de Nueva York y Londres. George Koenig siguió cultivando orquídeas en circunspecto silencio. El torero Fernando Roca Puente entregó cada aliento de su cuerpo al arte de ofrecer su vida a un toro bravo. El poeta Juan José Roca Puente se jugó la vida en cada palabra malherida. Ninguno de los asistentes a aquella fiesta desmesurada olvidó al torero y al poeta de pronto desnudos, a Mick Jagger en calzoncillos negros, a George Koenig furioso mientras le gritaban “¡manicero, manicero!” y al joven que perdió la vida de un balazo. George Koenig se sometió, en una clínica de Río de Janeiro, Brasil, a una delicada operación de ensanchamiento del pene.