(GEC)
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Lo menos duro contra Julio Bascuñán, el árbitro del Perú vs. Brasil, es que sus errores fueron negligencia grave. Pero no fue un error (un penal), ni dos (el otro penal), ni tres (tarjeta amarilla al brasileño que le rompió la ceja a Trauco), ni cuatro (tarjeta roja a Zambrano por menos), ni cinco (no pidió VAR para corregir). Un error pasa, pero toda una cadena para favorecer a Brasil da sospecha. Pareciera que sembraba favores para cosechar después. El buen árbitro conoce el reglamento, interpreta las jugadas y, rápido, dirime controversias y sanciona culpas. Son sus aciertos los que le dan respeto y autoridad. Los jugadores aceptan sus decisiones, aun en las acciones más divididas. El mejor árbitro es el que no se hace notar.

Si la justicia es necesaria en el deporte, mucho más lo es para la sociedad. Por ahora las urgencias son para la salud; luego serán para recuperar educación y economía, pero ahí nomás debería haber una reforma radical de justicia, porque la que tenemos ha colapsado.

Para esa tarea vale reflexionar sobre cómo se han resuelto los conflictos en medio de la epidemia. Lo previsible, por la parálisis de la economía, era que las empresas sufrirían insolvencias y que se tendrían que declarar en quiebra para refinanciar sus deudas o para liquidarse en paz.

Hasta se autorizó un proceso digital en Indecopi para aguantar la avalancha de líos entre acreedores y deudores. Pero no hubo tal. ¿Qué pasó? Que el Gobierno previó el conflicto y se anticipó. El BCR liberó reservas y habilitó liquidez a los bancos; el MEF garantizó colateralmente los créditos para reducir las tasas de interés; y la SBS flexibilizó el registro contable de pérdidas anticipadas por riesgo de crédito. Estas medidas facilitaron que los bancos renegociaran las deudas de las empresas y, luego, ellas lo hicieron con sus clientes y proveedores. Algo similar pasó con los arrendamientos de viviendas y locales comerciales.

Tuvimos que entendernos solos porque el Poder Judicial estaba cerrado y el arbitraje privado no era útil para respuestas inmediatas. El Gobierno no necesitó dar leyes ni tuvo que intervenir. En cambio, dio ejemplo y facilidades. Los particulares conciliamos en vez de litigar, lo individual cedió a la necesidad de sobrevivir juntos y descubrimos que entender al otro era eficaz.

La justicia, como el buen árbitro, no se hizo notar. Para cuando pase la crisis, habrá que recordar que en los peores momentos fuimos mejores, que resolvimos nuestros conflictos de buena manera. Que esa sea la nueva normalidad.