El globo rojo era mi amigo. (Fotos: AFP)
El globo rojo era mi amigo. (Fotos: AFP)

Yendo por la calle ves un francotirador que está por disparar. Ves también que detrás un niño lo va a sorprender si revienta una bolsa hinchada de aire. Por allá ves un racimo de globos que eleva a una niña sobre el muro del gueto que la tiene presa, o a unos guerreros de la sabana africana que intentan cazar carritos de supermercado vacíos, o a un hombre que protege su cara de gases lacrimógenos mientras lanza a la Policía un ramo de flores. Te topas con Mickey Mouse y Ronald McDonald que corren cogidos de la mano con la niña desnuda quemada por napalm. Son grafitis de Bansky.

Hay galeristas que cortan las paredes que dibuja para vender sus obras por millones. Pero Bansky desprecia el dinero. En octubre de 2013, camuflado en el Central Park de Nueva York, se puso a vender sus litografías a US$60 cada una, cuando valen miles de dólares. Grabó cómo solo tres personas compraron, mientras cientos de indiferentes perdían la oferta. En octubre de 2018, Sotheby’s en Londres remató por €1.18 millones “Niña con el globo rojo”, copia de una de sus obras más famosas. Cuando se adjudica el cuadro, un mecanismo oculto en el marco trituró la obra. Bansky esperó 12 años la subasta para concretar la travesura.

La fama de Bansky no está en su estética, sino en cómo propone temas tan controversiales: Vietnam, Palestina, Siria, dictaduras versus libertades, miserias versus opulencias, derechos de homosexuales, explotación laboral, abuso infantil, marginación de la mujer, en fin. Su arte está en utilizar el lenguaje del grafiti, usualmente asociado a la ligereza de los cómics, para hacer soportables realidades que son muy crueles. Una vez seducidos por el grafiti, no queda otra que aprehender la realidad que dibuja. Allí es cuando, paralizados, nos desnuda el alma, obliga a elegir de qué lado estamos y pregunta si hacemos algo para que eso cambie, porque esos grafitis no son neutrales.

Nuestra coyuntura también es cruel, pero pareciera que son los otros los que han hecho mal y otros los que tienen la culpa. Eso pasa cuando la realidad duele mucho. Creemos que el dolor va a pasar si nos mentimos un poco. En realidad, cuando las cosas van como van, es porque nosotros también somos responsables. Antes de cuestionar tanto a los demás, hay que ubicarnos nosotros mismos en esa realidad tal cual es y tal cual somos. Entonces vienen las preguntas claves: ¿qué hicimos, qué vamos a hacer? Quizá las respuestas están allí y saldrán como salen las que provocan los grafitis de Bansky, aunque duelan.

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