(GEC)
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Por: Martín Naranjo

Cuenta la historia que en la India colonial el gobierno británico, muy preocupado por la abundancia de cobras venenosas, estableció una recompensa por cada cobra muerta. El incentivo funcionó bien al inicio, pero, producto del mismo incentivo, las personas se dieron cuenta de que era rentable criar cobras para luego cobrar la recompensa. Cuando el gobierno se percató de lo que estaba sucediendo, dejó sin efecto la recompensa. Al desaparecer la recompensa, los criadores de cobras las dejaron libres. Al final, el resultado fue un número mucho mayor de cobras que las que había al inicio.

Hoy en día llamamos “efecto cobra” a los resultados que provienen de intervenciones en las que el modelo usado y el sistema intervenido no coinciden. En el caso referido de la India colonial y las cobras, el modelo no coincide con el sistema porque el modelo no contempla que los agentes ajustarán interesadamente su comportamiento con el cambio de política.

En general, en cualquier intervención sobre un sistema, se trata de que el modelo de sistema usado en el análisis corresponda con las características básicas del sistema a intervenir. Los sistemas son conjuntos de elementos interconectados, organizados para lograr algo, y pueden clasificarse de diferentes maneras. Una que siempre ilumina es aquella propuesta por Russell Ackoff, profesor de la Universidad de Pennsylvania, quien clasifica los sistemas por la existencia de propósito, o voluntad, en el todo y en las partes.

Así, una máquina es un sistema determinístico en el que ni las partes ni el todo tienen voluntad. Una persona es un sistema animista en el que el todo tiene un propósito, pero las partes no. Una empresa es un sistema social, en el que tanto las partes como el todo tienen un propósito. Y, en un ecosistema, el todo no tiene un propósito, pero las partes pueden tener, o no tener, un propósito.

Controles de precio que desaparecen mercados, encarecen productos y crean racionamientos; límites a la circulación de vehículos que generan peor tráfico y mayor contaminación; regulaciones del gasto público que generan inacción o mayor corrupción; o esfuerzos de censura que solo generan mayor interés, son ejemplos en los que hay abundantes casos de estudio del “efecto cobra”.

La lección de este efecto es sencilla: cuando vea que alguien ofrece soluciones, verifique que el modelo corresponde con el sistema a intervenir. Si no corresponden, busque las cobras escondidas. Son venenosas.

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