(GEC)
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Esta semana, en medio de publicitadas manifestaciones de algarabía, un grupo de personalidades se inscribieron en distintos partidos políticos con la intención de integrar sus planchas presidenciales. Comienza la carrera electoral.

Pero el entusiasmo de los aspirantes a la Presidencia de la República contrasta crudamente con el desánimo que demuestra la mayoría del electorado.

Mientras se presentan nuevos rostros y se prometen tantos cambios, a los ciudadanos no les mueve un pelo la cercanía de los comicios. Todo lo que los políticos negocian, ceden, conceden o acuerdan en estos días, al ciudadano le interesa un comino.

La reciente encuesta de Ipsos publicada en El Comercio revela que un 44% de electores a nivel nacional no iría a votar el próximo abril de continuar latente la pandemia.

El riesgo de que esa cifra de ausentismo se incremente y ascienda a 50% a nivel nacional es dramáticamente real. En esa circunstancia, los comicios tendrían que anularse; así lo manda la Ley Orgánica de Elecciones. No obstante, siendo optimistas, la cosa podría ponerse fea solo en algunas regiones, en las que tendría que repetirse el proceso electoral a nivel parlamentario, lo que prolongaría la incertidumbre.

La legitimidad del nuevo presidente y la estabilidad que nuestra golpeada economía necesita para reactivarse se verían fuertemente lesionadas y, en lugar de salir, como tanto anhelamos, de la multicrisis que nos agobia, nos hundiríamos todavía más.

Tanto como reactivar la economía, necesitamos reactivar la política en nuestro país. El principio ciudadano –la convicción democrática y la voluntad de participar libremente en el proceso electoral– es el factor decisivo.

¿Cómo convertir el desencanto y la abulia que los ciudadanos sienten en estos días, en participación y compromiso democrático?

No tengo una receta mágica, pero creo que todo aquel que tenga verdadero amor por el Perú y verdadera voluntad de servicio, se anime o no a postular, debe encontrar la manera de participar, de actuar, de ayudar a que los ciudadanos recuperemos la confianza en un sistema que no es perfecto, pero sí el único en el que podemos desarrollarnos.

El resultado de las investigaciones del caso Lava Jato expuso la corrupción de los líderes políticos que gobernaron los últimos 20 años el país, las regiones y las ciudades sin escrúpulos ni valores. Ya sea en una o en otra elección, todos los peruanos votamos por un corrupto. Y esa certeza nos enoja y nos avergüenza.

Y después de participar en un referéndum en el que tuvimos la oportunidad de votar castigando a los políticos que acompañaron y apañaron a los líderes que nos defraudaron, los nuevos parlamentarios nos salieron con las mismas mañas, las mismas taras y la misma vocación de repartija.

Encima, en medio de la pandemia y las crisis sanitaria y económica que atravesamos, promovieron una vacancia y nos embarcaron en una nueva crisis política.

Nada de esto es alentador, pero si no participamos, desde la academia, la política, la empresa, el periodismo, el arte, desde donde cada uno pueda, no encontraremos representantes y líderes honestos y el populismo ganará. Si dejamos que el desencanto acumulado venza, terminaremos por acabar con nuestra sociedad.