Foto: GEC
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Este domingo es de Ramos, el que le sigue de Resurrección y el siguiente de elecciones. Religión y política mezcladas, como suele ocurrir. Aunque somos formalmente un país laico, la Constitución reconoce que la Iglesia católica influye en la vida del país. Para que lo recuerde, las Fiestas Patrias empiezan con misa Te Deum y los ministros juran por Dios, arrodillados ante un crucifijo. En nuestra historia, la Iglesia católica ha tenido sombras, como la Santa Inquisición que torturó a disidentes. Pero también luces, como la defensa de los derechos de indígenas en plena conquista, adelantándose siglos a los derechos humanos y a las constituciones modernas. En tiempos de desastres, sus organizaciones son las primeras en llegar con ayuda humanitaria.

Las religiones ganan cuando predican con el ejemplo. Entonces, la acción supera homilías y liturgias, y rescata lo mejor que tienen, su empatía y su caridad. En eso se parecen a los que no creen en Dios, pero sí en el prójimo. Se vio en la epidemia, que desnudó nuestras miserias porque hubo quienes robaron lo que podía salvar vidas. Pero también mostró lo que somos capaces de hacer, aunque nuestros servicios públicos fuesen un desastre. Fue cuando aparecieron los dioses disfrazados, frase de Alexis Valdés, usualmente un sanitario en urgencias, trabajando a doble turno, revestido de plástico de dudosa protección, aliviando y dando esperanzas con lo poco que tenía, hasta agotarse o morir. Este Viernes Santo recuerde que también se muere una parte del Perú, de virus o de hambre, o de las dos cosas. O que la vida puede ser un infierno sin educación ni salud. O que ya lo es sin trabajo ni justicia.

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Ya es tarde para quejas sobre cómo se nos viene la política. Es lo que hay. Lo importante es que la vaina no termina con el flash a boca de urna el domingo de elecciones ni con la segunda vuelta en junio. Hay que elegir a los magistrados del Tribunal Constitucional, a los directores el BCR, reformar los sistemas de jueces y fiscales, shocks para mejorar la educación y construir redes de salud pública, aliviar a las empresas para que se reactiven, erradicar la informalidad para mejorar la recaudación fiscal sin agobiar a los que siempre pagan, promover la inversión para generar más empleo, conciliar eso con el medio ambiente, reivindicar los derechos de las minorías y, ya lo ve, hay hermanos muchísimo que hacer, frase de César Vallejo. Quizá en este tiempo quien deba morir sea nuestra apatía y quien deba resucitar sea nuestro compromiso. Esa es la fe que nos hace falta.

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