Foto: GEC
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Los cuentos infantiles gustan repetirse. Aunque se conozcan las angustias de la trama, se vuelven a escuchar fascinados de que haya un final feliz. Empiezo entonces: había una vez tres chicas. Bárbara nació en Letonia. Huyendo de la guerra llegó finalmente al Perú. María nació en Alemania. Nos visitó y ya no quiso regresar. Su ciudad había sido destruida por la guerra. Ruth, en cambio, nació aquí. Se fue a Europa para terminar sus estudios. Pero volvió para quedarse. Y las tres se metieron al Perú profundo.

Bárbara D’Achille hacía reportajes en la selva del Amazonas y en las alturas de Huancavelica denunciando cómo se perdían nuestras riquezas naturales por atentados contra la ecología. Sendero la mató. La reserva de vicuñas en Pampas Galeras lleva su nombre. María Reiche vivió 50 años en el desierto para limpiar lo que, gracias a ella, son un testimonio universal. Unas líneas en Nasca que forman dibujos tan enormes que solo se ven desde el aire, aún por descifrar. La Unesco la premió en vida, nosotros esperamos a que muriera. Ruth Shady también se metió a los arenales para contarnos que tuvimos una de las civilizaciones más antiguas. Ahora consume su vida defendiendo las pirámides de Caral de los ataques de los especuladores de terrenos. La han amenazado de muerte. Pese a las turbulencias y dificultades que sufrieron, nos han dado un regalo enorme. Proteger la naturaleza o descubrir el pasado para conocernos son claves para seguir viviendo. Se atribuye a Winston Churchill la respuesta que dio cuando se le propuso, en plena guerra, reducir el presupuesto de Cultura: “Entonces, ¿para qué estamos luchando?”.

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Hay otras chicas. Mayra Pablo, cobradora de microbús, se levanta de madrugada para ver si alcanza un cupo. Catherine Zevallos, teniente del Ejército, pone orden a la avalancha de contagiados en las puertas de los hospitales. Milagros Tovar, médica, administra carencias y multiplica esperanzas en las emergencias del Hospital de Villa El Salvador. Como ellas, miles de enfermeras, vendedoras en mercados, investigadoras en laboratorios, profesoras, policías, bomberas, ambulantes, limpiadoras de calles se meten en los trajines de la epidemia para cuidarnos a todos. En este año de muerte les debemos las gracias por darnos vida. Que esas gracias se concreten en la protección que reclaman contra abusos y violaciones y reconociendo los derechos laborales y civiles que la Constitución les da pero que las leyes aún no. Ese es el final feliz que falta a esta historia. Por ustedes chicas, en su día.

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