Foto: GEC
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El hombre creyó que la Tierra era plana y centro del universo. Pero Anaximandro (VI a.C.) sostuvo que era redonda. Eratóstenes (III D.C.) la midió. Copérnico (XVI d.C.) dijo que el sol era el centro y Galileo (XVII d.C.) lo confirmó. Luego fue verdad para todos. Otro caso: Inglaterra (XIV d.C.) impuso aranceles muy altos. Así protegía el mercado interno y alentaba la industrialización para sustituir importaciones. Al poco tiempo, los imperios europeos establecían monopolios comerciales. Pasarían 500 años para una nueva verdad: la economía que prosperaba en mercados cautivos ahora crecería en mercados libres.

Las verdades dan seguridades y evitan angustias. Pero cuando aparecen sus fallas, lentamente pierden credibilidad hasta que una nueva verdad las sustituye. Ese proceso puede durar siglos. Son tiempos de crisis: lo antiguo se desmorona, pero todavía no se instala lo nuevo. Ahora estamos en esos tiempos inciertos. Desde hace 600 años la libertad del individuo ha sido el paradigma. En el Renacimiento (XV d.C.), la ciencia y las artes nos liberaron de las oscuridades de la Edad Media. La Revolución francesa (XVIII D.C.) liberó las ataduras del Estado absolutista. El capitalismo (XIX y XX d.C.) llevó la iniciativa privada a la cumbre. Sin embargo, en lo que va del siglo, el Internet y las epidemias han destrozado la libertad individual.

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En efecto, el Estado, las grandes corporaciones o cualquier hacker pueden acceder a nuestra vida privada. Las epidemias nos han igualado en fragilidad: nadie se salva solo. Además, solo el Estado puede proveer los servicios de salud masivos que se requieren y organizar subsidios y reactivaciones económicas. Internet y epidemias son enigmas que están influyendo para producir un nuevo paradigma.

El escándalo de las vacunas lo ha mostrado a la bruta. Los malandrines de hoy fueron nuestros héroes de ayer. Eran los que se saltaban la cola, desafiaban al profesor, lideraban el bullying, copiaban en el examen. Luego eran los que pechaban a la Policía, humillaban al ambulante, evadían tributos, en fin, violaban la ley. En esa tradición, no debería sorprender quien se vacuna con el privilegio de despreciar a los demás. Es el paradigma del dejar hacer, dejar pasar. La indignación y vergüenza que sentimos es la solución. Exige, de verdad, tolerancia cero, hasta en el más mínimo detalle. El paradigma nuevo es uno que estuvo dormido: mi libertad termina cuando empieza el derecho de los demás. O, dicho de otro modo: el derecho de todos es la condición para mi propia libertad.

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