(captura de pantalla)
(captura de pantalla)

Colin Hanks era hacker y asesino en serie. Los transmitía en vivo a través de las redes. El más cruel fue el que encerró a su víctima rodeada de lámparas muy potentes. El calor de las lámparas se incrementaba conforme se unían más espectadores para ver cómo la víctima se asaba a fuego lento.

Hanks apostaba a nuestra morbosidad. Todo el mundo sabía que la muerte llegaría cuando se superase un nivel de audiencia, pero nadie se la quería perder. Jennifer Marsh, la detective del FBI en Portland que lo perseguía, comentó: el arma homicida somos nosotros. Hanks pasaba a ser el autor intelectual, los asesinos directos éramos nosotros. Pasó en “Untraceable” (sin rastro), un film de Gregory Hoblit. Pero pasa a cada rato en la vida real.

Esta semana, sin ir tan lejos, en Pichinaqui se evaluaba la libertad provisional de los Z de Chanchamayo, una banda de traficantes de tierras y extorsionadores. La integraban alcaldes, gerentes municipales y jueces de paz.

El abogado defensor se olvidó de apagar la cámara de su computadora y fue visto, mientras corría la audiencia, dando trámite con su amante a un acto sexual, nada espectacular. La secretaria de juzgado clamó que eran actos obscenos. Sus colegas se indignaron porque deshonraba la profesión. El juez pidió la intervención del Ministerio Público. El Colegio de Abogados sancionó al abogado. Escándalo. Pero todos siguieron viendo el encuentro hasta que terminó.

Arrejuntarse como Dios manda es natural. Sin embargo, la civilización ordena que se haga en privado. Los amantes ignoraban que estaban online, así que de eso no son culpables. Su conducta, por tanto, no es deshonrosa ni criminal. Si se hizo público por error, el juez pudo cortar la comunicación y punto. En cambio, otros son los crímenes. El del abogado por desatender a los que defendía. El juez por no cortar. Todos los demás por la morbosidad de seguir mirando. Y los amantes por infidelidad, si tuviesen otras parejas formales.

¿Será alguna enfermedad social? Sabemos que algo está mal y se sigue haciendo. Sabemos que algo está bien y no se hace.

Si los frenos para lo malo y los incentivos para lo bueno no funcionan, algo falla. Por eso, “no me preocupa el grito de los violentos, sino el silencio de los buenos”, postuló Martin Luther King. Entonces, no es suficiente que uno cumpla su deber, también es necesario exigirlo a los demás. Reclamar y denunciar es un nuevo paradigma.

Callar no es opción, aunque moleste y nos complique. Como en la epidemia, nadie se salva solo, nos salvamos todos juntos.