(Perú21)
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Pocas semanas antes de que estallaran los disturbios callejeros en Santiago de Chile, Barclays viajó a esa ciudad con los vastos recursos de su hacienda personal, pronunció una conferencia cargada de pirotecnia verbal y dio una entrevista a la televisión pública, en la que contó que su padre le pegaba cuando era niño. Días después, esa entrevista fue subida a la vitrina global de YouTube.

De regreso en su casa, Barclays recibió un correo de un señor que decía llamarse David Walker, quien había visto la entrevista, era asiduo televidente del programa de Barclays y tenía el correo de este porque solía aparecer durante su programa. Walker decía:

-Vi tu entrevista en Chile. Me dio mucha pena. No sabía que tu padre fue violento contigo. Yo fui amigo de tu padre. Iré pronto a Miami. Me gustaría invitarte un café.

Luego Walker contaba que vivía en las afueras de Nueva York y era profesor en la universidad de Princeton.

-Por favor escríbeme cuando estés en Miami- le escribió Barclays.

Enseguida buscó fotos del señor Walker en las redes sociales, pero no encontró ninguna. Debía de ser un hombre mayor, si fue amigo del padre de Barclays, quien nació en 1935.

Unas semanas después, Walker le escribió a Barclays, anunciándole que había llegado. Quedaron un domingo en un café. Aunque Barclays llegó antes de la hora convenida, Walker ya estaba allí. Se puso de pie y lo saludó con afecto, como si se conocieran de toda la vida. En cierto modo se conocían: Walker veía todas las noches el programa de Barclays. Se dieron un apretón de manos. Barclays se sorprendió de lo bien que lucía, a sus ochenta y cuatro años, el amigo de su padre: alto, delgado, abundante pelo canoso, anteojos gruesos, mirada penetrante, sonrisa afable, se parecía mucho al escritor George Steiner, que acababa de morir, cuya obra Barclays había leído con devoción, desde que, muchos años atrás, su agente literaria, Carmen Balcells, le dijo, a una pregunta suya sobre quién era un escritor más talentoso, si García Márquez o Vargas Llosa, ambos representados por ella, que el más virtuoso e inteligente de todos los escritores que había conocido no era ninguno de esos dos, sino George Steiner, un genio discreto, sin aspavientos. El amigo de mi padre es idéntico a Steiner, pensó Barclays, y se sentó a escucharlo con curiosidad, mientras Walker bebía una coca cola:

-Tu padre y yo nos conocimos en el colegio Santa María. Estábamos en la misma clase. Tu padre era muy fuerte. Era un toro. Todos le teníamos miedo. Era muy bueno peleando. Si alguien se metía con él, tu padre le daba una trompada y lo tumbaba. A mí nunca me pegó. Pero en los recreos le gustaba boxear con el que se atrevía a retarlo. Boxeaban a puño limpio, sin guantes. Tu padre era un animal, una bestia, si me perdonas la expresión. Nadie lo tumbaba.

Barclays recordó que su padre solía retarlo a combates de boxeo con guantes. Sabía lo duro que pegaba su padre. Walker prosiguió:

-Tu padre tenía una moto espectacular. Llegaba al colegio en moto. Metía una bulla tremenda. Todos lo envidiábamos. Gracias a su moto, conoció a tu madre. Porque cuando salíamos del colegio, tu padre se subía a su moto y perseguía al bus del colegio de niñas Villa María. Una tarde, siguiendo al bus de las chicas, hizo una locura con su moto y se cayó. Un grupo de chicas bajaron a ayudarlo. Tu madre era una de esas chicas. Así se conocieron.

Barclays había visto fotos de su padre en moto, en casa de Lucho García Miró, gran amigo de su padre, gran tipo.

-Aunque no me creas, tu padre era muy religioso. A veces nos encontrábamos en misa, en la parroquia San Felipe. Tu padre vivía cerca de allí, en una casa muy grande que tenían tus abuelos. Seguramente conociste esa casa.

Barclays asintió.

-El gran problema de tu padre, lo que le cambió la vida, fue el accidente en la moto que lo dejó cojo. Eso lo cambió mucho. La cojera lo volvió amargado. Era un tipo furioso, con ganas de romperle la cara a cualquiera. Se peleaba mucho manejando en la moto. Era tremendo. Era un peleador nato.

Nada de eso era novedad para Barclays: él había visto a su padre bajándose del auto porque alguien le había gritado algo, o tocado bocina, y dándole una paliza al sujeto.

-Yo me fui a estudiar a Nueva York apenas terminamos el colegio -dijo Walker-. Y dejamos de vernos con tu padre. Pero, la verdad, para entonces ya nos habíamos peleado.

Luego se quedó callado, como si estuviese cavilando si contar los detalles de aquella pelea:

-Cuando estábamos por entrar a quinto de media, mis padres me mandaron a Nueva York, en las vacaciones de enero y febrero, para que puliera mi inglés. Yo tenía una novia. Tu padre ya estaba enamorado de tu madre. Éramos muy amigos los cuatro. Íbamos al cine juntos. Nos gustaba ir a bailar. La cosa es que terminamos cuarto de media y yo me fui dos meses a Nueva York y mi novia se quedó sola.

Walker contaba todo con aplomo, sin exasperarse:

-Aprovechando que yo estaba en Nueva York, tu padre empezó a salir con mi novia, sin que tu madre se enterase. La subía a su moto y se iban a la playa. Mi novia me mandaba cartas, pero, como te imaginarás, no me contaba que iba a la playa con tu padre. La cosa es que tu padre y mi novia se hicieron muy amigos. Tu madre no se enteraba de nada porque pasaba mucho tiempo en la hacienda de tu abuelo materno.

Barclays esperó las malas noticias.

-Hasta que ocurrió lo malo. Una tarde, después de la playa, tu padre la llevó a casa de sus padres, que era una casona que ocupaba toda la manzana. A tu padre, como era muy jodedor, le habían construido una casita en una esquina del terreno, para tenerlo alejado. Walker guardó silencio, hizo acopio de valor y habló:

-Tu padre tuvo relaciones forzadas con mi novia. La forzó. Ella era virgen. Yo, por respeto, casi no la había tocado. Pero tu padre era un toro, una bestia y la forzó. Ella me contó todo cuando regresé de Nueva York.

-¿Y ella dejó de verlo? -preguntó Barclays.

-No -respondió Walker-. Lo peor es que siguió viéndolo. Dejó que él siguiera forzándola. Se acostumbró a eso. Quizás hasta le gustó. Pero no lo denunció, no le dijo nada a sus papás, y siguió viendo a tu padre.

-¿Y qué pasó cuando volviste? -preguntó Barclays.

-Me llevé dos grandes sorpresas -respondió Walker-. Mi novia me dejó, dijo que ya no me quería, y siguió paseando en moto con tu papá. Y un día fui a ver a tu padre y lo confronté, le dije que yo sabía que él había violado a mi novia. Pero él soltó una carcajada y ni siquiera me pegó una trompada.

-¿Qué hizo? -preguntó Barclays.

-Se rio en mi cara con gran desparpajo. Y me dijo unas palabras que no he podido olvidar: “Chiquitín, yo no he violado a nadie, no seas huevón, ella me violó porque tú no sabías satisfacerla”. Nunca más vi a tu papá.

Hubo un prolongado, incómodo silencio.

-Tenemos algo en común -dijo Barclays-. Somos víctimas de mi padre. Nos traicionó a los dos.

Luego preguntó:

-¿Y qué fue de ella, tu novia?

-Me la encontré en un avión a París, muchos años después. Me pidió perdón. Nos tomamos todo el licor que había en el avión. Y me dijo algo que tampoco he podido olvidar: “El mejor amante que he tenido fue James Barclays. Era una bestia en la cama. Nadie me dio tanto placer como él”.

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