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El mensaje del presidente Humala ante el Congreso el 28 de julio pasado, el último discurso de su gestión, ha sido objeto de muchas críticas. Y con razón. Fue un discurso no muy bien leído y sin entusiasmo, donde hizo un repaso de lo que entendía como logros de su gobierno, básicamente, en programas sociales y su gran bandera política: la inclusión social.

Pero el discurso irritó más por lo que no dijo que por lo que dijo. Para la mayoría de peruanos, el principal problema nacional es la inseguridad que sufre la ciudadanía, y este tema fue pasado, simplemente, por agua tibia. No hubo anuncios importantes, probablemente porque no había nada que anunciar sobre cómo se enfrentaría la delincuencia común y organizada. Lamentablemente, al no decir nada al respecto, aumenta la sensación de inseguridad.

Tampoco le otorgó mayor importancia a la parálisis económica en la que estamos viviendo. No anunció medidas de reactivación para el corto plazo ni medidas sobre cómo retomaríamos el crecimiento económico que él encontró. No evaluó los resultados de los últimos paquetes económicos, los cuales no están dando los efectos esperados, ni tampoco habló de la minería o de la caída de las exportaciones.

Faltó hablar también del proceso electoral que se aproxima. Pronto el presidente debe convocar a elecciones y debió hablar sobre cómo liderará un proceso transparente, de manera independiente, que nos lleve a un cambio de mando organizado.

El actual gobierno tiene aún un año por delante y los peruanos no estamos optimistas con lo que se viene, y el presidente no ha ayudado a cambiar esa percepción. Hemos escuchado las palabras de alguien que se despide, que prepara su salida, como que ya dio todo lo que tenía que ofrecer. Ojalá que el lamentable "selfie" de su equipo ministerial no sea un anticipo del desorden que se nos viene.