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La idea de un debate presidencial es que los peruanos podamos conocer las propuestas de los posibles gobernantes, contrastar ideas entre adversarios y poder decidir a quién le entregamos el poder. Escuchar a los candidatos, ya que la gran mayoría de peruanos no leerá sus planes de gobierno, debe promover el llamado "voto informado". Lo del domingo ha sido un desastre, una oportunidad perdida.

El JNE, una vez más errático, plantea un formato donde los cinco candidatos con mayores posibilidades debaten con otros cinco que no llegarán a gobernar. Cada uno debe aprovechar los escasos minutos que le otorgan para exponer su plan de gobierno, lo que obviamente es imposible, por lo que tienen que optar por dar solo mensajes cortos, esperanzados en impactos directos, pero nada de desarrollo de ideas.

A cinco días de las elecciones, en este país cualquier cosa puede pasar, ya lo hemos vivido. Hay quienes proponen mantener las líneas generales de gobierno que han permitido un crecimiento sostenido del país, con la respectiva reducción de pobreza –claro, haciendo los ajustes, modificaciones y reformas, sobre todo reformas, necesarias para avanzar aun más rápido–, con mayor seguridad y énfasis en la atención en los servicios básicos de los más humildes, los pobres.

Otros, pocos, plantean reintentar un modelo socialista ya probadamente fracasado en el Perú y en el mundo, que empobrecerá al país, retrocederá en lo avanzado y nos dejará más pobreza y con menos libertad. El romántico sueño de un Estado socialista/comunista benefactor, que opta por el camino fácil de solo regalar dinero para disminuir pobreza, es insostenible. Cómo van a financiar todos los programas ofrecidos, básicamente imprimiendo billetes y expropiando, porque inversiones que creen empleos productivos no atraerán. Atraerán pobreza y de ahí, a reconstruir nuevamente el país. Los ricos tienen la suerte de que pueden esperar, la clase media y los pobres no. Así estamos.