(Foto: Juan Sequeiros)
(Foto: Juan Sequeiros)

La jornada del domingo sirvió para escuchar, desde el Cusco, a los principales responsables de la crisis política: el premier Guido Bellido, mano derecha de Vladimir Cerrón y ejecutor a nivel de gobierno de lo que este ordene; al ministro Iber Maraví, quien se aferra al cargo apañado por el presidente Castillo pese a las graves acusaciones sobre sus nexos con el terrorismo y, con ellos, el propio jefe de Estado. Los tres han echado de distintas maneras más fuego a la crisis y a la inestabilidad económica que afecta a los peruanos. El premier Bellido atacó una vez más la institucionalidad democrática del país y amenazó a los congresistas con regresarlos a sus casas si no aprueban un proyecto de ley sobre una rimbombante II reforma agraria, que existe solo en el nombre, pues lo presentado con bombos y platillos en el Cusco es solo un listado de medidas improvisadas para el sector agrícola, como han señalado los especialistas. Maraví, a su turno, habló de un imaginario golpe de Estado mientras se despachaba contra los medios de comunicación.

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Y, al final, el micrófono cayó en manos de Castillo, quien, como es habitual, lanzó una enrevesada perorata, pero igual de inflamada que la de sus antecesores: “No podemos traicionar al pueblo, acá no hay una hoja de ruta. Acá no hay un nuevo centrismo, acá no hay que voltea a la derecha, acá manda el pueblo, acá hay un gobierno elegido por los agricultores y por eso se necesita ratificarnos con firmeza de que primero está el pueblo, en segundo lugar está el pueblo y en tercer lugar está el pueblo”.

Lejos de aclarar el panorama, estos tres discursos lo han ensombrecido aún más. Con lo cual el Ejecutivo y el Legislativo han tomado, otra vez, rumbo de colisión. Castillo, llamado a poner orden, no lo hace y, más bien, se rumorea que haría cuestión de confianza por Maraví. Cuidado, señores, tanto va el cántaro al agua que termina por romperse.

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