(Foto: archivo GEC)
(Foto: archivo GEC)

Después de casi cinco años, la extradición del expresidente Alejandro Toledo para que responda ante los tribunales por las astronómicas coimas –35 millones de dólares– que habría recibido de parte de Odebrecht, está a punto de concretarse. La acusación fiscal y las abundantes evidencias, así como el trabajo de la Cancillería, han pesado en la decisión de la justicia norteamericana, pero de hecho pesarán más en el proceso que terminará con otro presidente peruano en la cárcel.

El hombre de la chakana intentará seguramente revertir el fallo del juez Thomas S. Hixson con un hábeas corpus, pero según la Fiscalía y la Procuraduría, nada de ello dilatará significativamente lo que ya es una decisión tomada. Concluido ese trámite, solo restará el pronunciamiento del Departamento de Estado de los EEUU, que será la última instancia por la que pasará el expediente.

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El fallo del juez Hixson se conoció cuatro días después de la audiencia de vista de extradición. La Procuraduría Pública ad hoc para el Caso Odebrecht declaró, justamente satisfecha, que “con esta decisión, la justicia peruana ha obtenido un resultado trascendental”.

Y no le falta razón. Desde que se refugió en los EEUU, Toledo ha recurrido a todas las argucias legales posibles para eludir la acción de la justicia peruana, pero, como un dominó, una a una, han ido cayendo las estratagemas judiciales planteadas por su, a no dudarlo, costosa defensa.

El juez Juez Richard Concepción Carhuancho ya estableció, por su parte, que el próximo jueves 21 de octubre se llevará a cabo el control de acusación contra el exmandatario, como parte del proceso que se le sigue junto con otros ocho acusados por la presunta comisión de colusión y lavado de activos en agravio del Estado.

Por si quedaran dudas, en el momento en que Toledo ponga un pie en territorio peruano, comenzará el ocaso definitivo de esta controvertida figura política que, si bien terminó encabezando, con su gobierno, el retorno de la democracia en el Perú, a la vuelta de los años quedó claro que sus verdaderos intereses eran tan distintos como deplorables.

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