Aduviri Calisaya dice que jamás ordenó a los aimaras incendiar instituciones estatales. (Perú21)
Aduviri Calisaya dice que jamás ordenó a los aimaras incendiar instituciones estatales. (Perú21)

Curiosa fauna política la que intentó reunirse hace unos días en Pasto Grande, zona limítrofe entre Puno y Moquegua, razón además de viejos reclamos territoriales que se avientan a la cara sucesivas autoridades de ambas regiones, que en este frustrado evento iban a dialogar también con su similar de Arequipa.

Los implicados en este “territoricidio” son nada menos que los gobernadores Walter Aduviri Calisaya (Puno), Zenón Cuevas Pare (Moquegua) y Elmer Cáceres Llica (Arequipa). Los tres, caseritos de las páginas policiales de los diarios en sus respectivas provincias, bajo acusaciones que van desde malos manejos o instigación de violentos disturbios, hasta la violación sexual. Los tres comparten, asimismo, verborragias populistas de vaga filiación izquierdista, con coquetos retoques de indigenismo radicaloide.

Ya pocos días antes, Aduviri había motejado a su par arequipeño de “borracho”, con quien era imposible dialogar pues siempre llegaba a las reuniones con el Ejecutivo ebrio u oliendo a alcohol.

No contento con ello, al evento en Pasto Grande llegó acompañado de una turba de 200 belicosos partidarios, que plantaron banderas de Ácora y Puno y pecharon a las autoridades que acudieron a exigirles que las retiraran, más aún si en la reunión a la que habían sido convocados se iría a tratar justamente temas conflictivos como el de esa disputa territorial.

El talante autoritario, aficionado al choque frontal, de Aduviri Calisaya quedó en evidencia una vez más. No es que los gobernadores con quienes iba a juntarse fueran precisamente sonrosados angelitos de Tiepolo, pero el antecedente funesto del ‘aimarazo’ parece marcar la conducta del líder puneño, presumiblemente con la idea de que ese estilo –por el cual volverá a juicio y que le hizo ganar una elección regional– le granjeará votos o puntos en las encuestas locales.

Hasta ese día, Aduviri mantuvo su gestión dentro de cauces institucionales y este evento era con autoridades de cierta afinidad con él, pero la democracia y las fuerzas del orden tendrán que mantenerse vigilantes: todo indica que la bestia ha despertado.