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Nano Guerra García, Opina.21nano@somosempresa.com.pe

Viajar a la ciudad de Nueva York es una buena oportunidad para apreciar una urbe que, sin lugar a dudas, se convirtió en la capital del mundo gracias al espíritu de los emprendedores.

La ciudad fue fundada por holandeses protestantes con una cultura de trabajo, ahorro y una búsqueda de felicidad en la tierra. Ellos fueron perseguidos en Europa por tener creencias muy diferentes a la resignación y la pobreza del viejo catolicismo.

Luego, la ciudad fue invadida prácticamente por inmigrantes de todo el mundo que llegaron a este puerto estratégico con el empuje característico del viajero esforzado y trabajador.

Pero quizás lo que más representa esta fuerza del individuo que se hace solo son los grandes edificios construidos por empresarios y no por el Estado, como estamos acostumbrados a ver en Latinoamérica.

Así tenemos el edificio Chrysler, el Empire State, el Centro Rockefeller y el recordado World Trade Center.

Todos estos fueron construidos por inversionistas privados y son visitados por millones de turistas que al contemplarlos, admiran quizás sin saber, símbolos del logro de las personas y no obras faraónicas construidas con dinero público, y de las que se vanaglorian nuestros gobernantes. Falso orgullo con riquezas ajenas.

Cuando tengamos construcciones privadas que sean admiradas por nuestros pueblos, significará que también empezamos a admirar a quienes las hacen posibles.