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Lucía de Althaus,Opina.21

Estamos todos de vacaciones. Nos vamos al circo con las niñas, y nos divertimos mucho dejándonos sorprender por las acrobacias y bromas de los payasos. Nos acostamos tarde, sintiendo esa emoción por la complicidad de estar haciendo una travesura al acostarse a la hora de los adultos. Todo es felicidad. Hasta la mañana siguiente, cuando mi hija menor, como si nada de lo de ayer hubiese ocurrido, se despierta al alba, cansada por falta de sueño suficiente, reclamando que quiere tomar su desayuno en ese momento conmigo en la cocina. Le explico que es muy temprano, que se eche conmigo a seguir durmiendo, y no solo no logró convencerla, sino que arranca con una pataleta que nos empieza a sacar de quicio.

Esta escena inspira esta columna. Cuando ya todos nos calmamos, pienso que los niños no vienen al mundo para estar siempre felices, tranquilos y conspicuos. Al contrario, vienen para poner todo de cabeza y, así, probar nuestra paciencia y entereza. Porque vienen al mundo sin instrucciones, y nosotros tenemos que dárselas. Es difícil, pero para eso los invitamos a participar de este mundo y de nuestras vidas.