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Una candidata comparecía de blanco con una cruz colgándole del cuello. La cruz llamaba la atención; pese a ser uno de los países más religiosos de la región, dios no ha sido protagonista de la campaña. El significado se desvelará al final del debate: la candidata suscribirá un compromiso con el electorado, atajando los cuestionamientos que se le hacen, todo reforzado por su disfraz de primera comunión.

La candidata de izquierda, que había escalado en las encuestas luego de una accidentada entrevista televisiva que estalló en memes y miles de clips de video, combinaba su hablar amable con una blusa fucsia. Roja, pero no tanto. Lejos –pero no tanto– del Humala del polo rojo de 2006.

El candidato de acento extraño, al que llaman "gringo", aparece y lee un discurso con la cabeza gacha. Sin mirar a la cámara, sin el más mínimo gesto de complicidad. El candidato con el que resulta difícil identificarse no hace ningún esfuerzo por acortar la distancia y estrechar la mano de los electores indecisos.

En política, la forma es el fondo; el gesto, el significado. Aun más en una campaña tan amateur y accidentada como la peruana, donde todo está en juego siempre, donde hasta el último día puede cambiar la cédula y la luna de miel puede llegar a su fin por culpa de un chicharrón.