(GEC)
(GEC)

El mensaje de consenso y de unión que lanzó la premier Mirtha Vásquez en el Congreso para trabajar en favor del desarrollo nacional colisiona en los hechos con los gestos, las decisiones (digamos que cuando las hay) y anteriores declaraciones de ella misma, sus ministros y hasta del propio presidente de la República.

Contradicciones hay de sobra en el gobierno, desde luego, pero la consabida “lucha de contrarios” o “discrepancias en la forma”, como suelen explicarlas en el oficialismo, le está haciendo mucho daño al país, pues lo que más se necesita en estos momentos es coherencia y claridad en las políticas de Estado. El consenso y la unión de los peruanos que invoca la premier se logrará una vez que esas políticas, llevadas a cabo por un equipo ministerial serio, se ganen la credibilidad de la ciudadanía.

Para empezar, flaco favor le hace a esa credibilidad haber optado por presentarse ante el Pleno con un ministro cuya agenda transgrede expresamente las políticas de Estado y los compromisos internacionales sobre la lucha contra la corrupción y sobre el que ella reconoció como una imposición ajena.

La premier ha manifestado en su mensaje que respetará esos compromisos, en efecto, pero ¿cómo podría hacerlo, si su ministro, Luis Barranzuela, tiene por emblema la oposición absoluta a cualquier intento de erradicación de sembríos de coca ilegal? Y ello, a sabiendas de que casi toda esa producción va al narcotráfico.

Por otro lado, cómo tender puentes y tratar de llevar la fiesta en paz con el Congreso si, mientras el gabinete se presentaba en el Pleno, el presidente Castillo, desde Cajamarca, cargaba con artillería pesada contra este poder del Estado… (“Está de moda lo que llaman la vacancia, yo lo llamo la vagancia porque eso solo lo piensan los vagos que gobierno tras gobierno han vivido del Estado, y van a extrañar la mamadera, por eso salen a las calles y quieren confundir a la población”).

Consensos, unión, coherencia… sí pues, todo muy bonito en el papel, en los discursos, pero, como sabemos, los hechos traicionan a los dichos –en asuntos de política y gobierno– y ese es el rasgo principal de la demagogia, el populismo y la incompetencia.