Unas vacaciones (jaqueadas por la pandemia) y todas las vicisitudes que tocó vivir mientras huía del avance del bicho en esta crónica medio zombi por entregas.

Estoy en medio de un plácido sueño en el que floto panza arriba en un mar turquesa cuando llaman a la puerta. Abro los ojos, aturdido. Está muy oscuro. Debo haber dormido demasiado porque no sé ni qué hora es ni dónde estoy. Busco a tientas el celular para alumbrarme a duras penas y mi cerebro embotado empieza a aterrizar, poco a poco, en el mundo real. La densidad de las tinieblas es culpa mía, anoche bajé del todo esas geniales persianas black out que te garantizan noche perpetua. Las abro de un tirón y dejo entrar una llamarada de luz que me obliga a entrecerrar los ojos. Allá afuera, el sol ha salido con escándalo pero todo está inmóvil. Lo único que se mueve son las ramas de los árboles, los videos patrióticos que proyecta -para nadie- una pantalla gigante y las luces absurdas de los semáforos.

- Buenos días, señor Ortiz. Su temperatura, por favor.

El joven enmascarado acerca a mi frente su termómetro digital como si fuera a darme la bendición, me dispara una especie de rayito láser y ya está. Fin del examen. Qué bueno que ya no hay que meterse estos adminículos en la boca ni en ninguna otra parte del cuerpo, como antaño.

- Treinta y seis y medio, todo normal.

- Gracias.

- ¿Se siente bien? ¿Alguna molestia?

- Ninguna. Todo tranqui.

- Le traje su desayuno. (Me entrega una bolsa herméticamente cerrada que recibo de sus manos enguantadas de jebe y sonríe. El tapabocas me impide ver su sonrisa pero igual la noto, también se sonríe con los ojos).

- Gracias, compadre- le digo y me cercioro de sonreír también. Tengo claro que ahora somos compañeros de cautiverio. Y tratar siempre de que el otro se sienta un poquito menos fatal es una regla elemental de cortesía entre rehenes.

- Que pase un buen día, señor Ortiz.

- No me digas señor Ortiz que me siento un abuelo.

- ¿Entonces? Que pases un buen día, señor Beto.

- Ustedes también.

“Sus guantes celestes, su máscara, su identidad secreta me hacen alucinarlo un superhéroe: el Llanero Solitario. O Sanitario”

Me tardo un poquito en cerrar esa puerta que me separa del universo y lo veo alejarse en silencio, deslizándose por el pasillo alfombrado de este hotel hipster que será mi casa, al menos, por un tiempo. Sus guantes celestes, su máscara, su identidad secreta me hacen alucinarlo un superhéroe: Algún X-Men. Fantomas. El Zorro. Algún Watchmen. El Llanero Solitario. O Sanitario. Abajo, pasa una ambulancia haciendo sonar una sirena que solo imagino pues los vidrios termoacústicos de las ventanas me impiden oírla. Es mi tercera ciudad fantasma en una semana. No hay ni un alma, pero no me importa porque reconozco, con alivio, estas calles desiertas como mías. Allá, mi supermercado. Al lado, mi chifa. Mi grifo al frente y, un poco más acasito, mi panadería. Hace solo un par de días tuve un déjà vu: sentí que volvía a quedarme varado en Gringolandia por tiempo indefinido, tal como me ocurrió una vez, hace ya diecisiete largos años, gracias al mismo presidente borrachón que acaba de salir de cana a volver a chupar por una fina cortesía del COVID-19 al que hoy debe estar prendiéndole velitas Misionera. Hacía solo dos semanas que había llegado a Miami, no porque fuera precisamente uno de mis sitios favoritos, sino porque era una escala obligada en mi ruta vacacional de México hacia Nueva York y como -para Tony, compañero de aventuras- se estaba cristalizando la tan anhelada primera vez (en Norteamérica), decidí armarle el clásico itinerario de desenfreno nocturno en Ocean Drive y la consabida maratón de parques temáticos de Orlando que -pronto lo descubriría- resultan divertidos solamente hasta cierta edad. He de reconocer, no sin cierta nostalgia, que ni el simulador de vuelo de Avatar en Animal Kingdom ni la Montaña Rusa de Hulk en Islands of Adventure me produjeron la mitad de adrenalina que segregaría unos cuantos días después, tratando desesperadamente de escapar de ese gran país cuyas carreteras, ferrocarriles, ciudades, aeropuertos iban clausurándose a mi paso, uno tras otro, en impecable efecto dominó, mientras las aterradoras cifras parecían condenarlo a convertirse en el epicentro de la pandemia. A mitad de aquella aciaga semana: la noche del miércoles 11 de marzo, después de haber comprado cantidades obscenas de productos golosinarios (que hasta ahora me duran), en esa especie de Makro VIP llamado Walmart, comencé a recibir mensajes de amigos médicos que, desde su atalaya científica, me advertían que, si alguna esperanza tenía de regresar a Lima el 2020, debía hacerlo cuanto antes porque esta peste pronto se saldría de control. Al principio, la advertencia me pareció una exageración y hasta hice bromas al respecto, pero, algunas horas después, reflexionando al borde de la I-95 frente a la hermosa torre de panqueques de un desayuno de medianoche en Denny’s, decidí que -si lo que venía era el fin del mundo- el último lugar de la Tierra donde quería que me agarrara era Miami. Si hemos de morir -pensé-, muramos en Nueva York, frente a una estatua de la libertad sumergida en arena como la que encuentra el Coronel Taylor al final de O planeta do macacos en la versión de 1968, el año en que nací. ¿Muramos en Nueva York? Muramos es mucha gente. Ten cuidado con lo que deseas.

- Si cierran el aeropuerto, nos quedamos varados -le dije a Tony-, vámonos mañana.

- ¿Mañana? Imposible. Nos faltan dos parques de Disney todavía.

- ¿Y? También tenemos entradas para el musical de “El rey León”.

- Y Broadway es en Nueva York. ¿Qué es más paja?

- No hay nada más paja en la vida que el musical de “El rey León”.

- Pero tú ya lo viste.

- Diez veces con diez amigos diferentes pero me falta verlo contigo.

“Si hemos de morir -pensé- muramos en Nueva York. Muramos es mucha gente. Ten cuidado con lo que deseas”

Convinimos en que yo me iba mañana a primera hora y lo esperaba allá. Mi tolerancia a los gorros con orejitas de roedor había llegado a su límite. Un Mickey más y vomito. Tenía que salir de allí antes de que se fueran a cerrar los aeropuertos y me quedara atrapado en Tragic Kingdom para siempre. Mientras esperaba mi vuelo en el aeropuerto de Miami, compré un ejemplar del New York Times, más interesado en saber qué películas estaban dando que en cualquier cosa. Pero la noticia de primera plana me dejó huevón: era la declaratoria de emergencia, decretada por el gobernador del estado, ante la brutal escalada del coronavirus. Y justamente -malhaya mi suerte- regía a partir de hoy. De todos los días del año, tenía que ocurrir esto justo hoy. Vaya que esta iba a ser la vacación soñada. Hakuna matata. Una forma de ser. Hakuna matata. Nada que temer. Estaba a punto de embarcarme a una Nueva-Nueva York con todos sus museos, todas sus tiendas, todos sus cines, todos sus restaurantes y, por supuesto, todos sus teatros cerrados. Al carajo, entradas para Broadway. Sin preocuparse. Es como hay que vivir. A vivir así. Yo aquí aprendí. Hakuna matata. Good bye, Simba, good bye.


Continuará...


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