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Mauricio Mulder, Pido la palabraCongresista

Conversar no es pactar. Famosa frase de Ramiro Prialé esgrimida una y mil veces en los vericuetos de una larga vida dedicada a la concertación política. Frase que ponía de relieve la necesidad perentoria de la política de supeditar la confrontación al diálogo y el entendimiento como meta.

Y frase, además, dicha en contextos en los que nuestro país no demostraba, ciertamente, proclividad con estos fines. Quizá por ausencia de valores democráticos en nuestra historia o tal vez porque muchos de los acuerdos políticos que se habían visto parecían más bien contubernios sospechosos o repartijas insolentes, como la recientemente acaecida.

Con conversar no temo ni ofendo, pudiéramos decir parafraseando a Artigas. Hablar, persuadir, escuchar, acordar, discrepar es consustancial a la política y al arte de gobernar. Gobernar mucho más que mandar. El poder no es dar órdenes que se acaten sin dudas ni murmuraciones. La política no es la necesidad de destruir para sobrevivir sino convencer para prevalecer. Y es sobre esas bases que se erigen los sistemas democráticos, en donde un tiempo gobiernan unos y en otro tiempo otros convenientemente fiscalizados, ambos, por todos los demás.

Pero el diálogo en la política no es solo cambio de palabras. De nada sirve hablar y escuchar si como consecuencia de ello no hay acción posterior. Un diálogo debe servir para que se puedan establecer concordancias en políticas comunes, que para el caso peruano pasan, por ejemplo, por promover el empleo digno, reformar el Estado o mejorar el clima de inversiones en infraestructura.

Un diálogo para solo aparentar, para solo salir en la foto, o para apaciguar, sería, en realidad, una pantomima, una simple estrategia de imagen, pero nada más. Un diálogo político tiene que fructificar en lo que se ha dado en llamar gobernabilidad, y para el caso de nuestra actualidad, debiera concluir en terminar con el alarmante aislamiento del Gobierno frente a la sociedad y al resto de la estructura política del país.

Este Gobierno, carente de operadores políticos y sociales, está desubicado política y socialmente. La forma tan apresurada y débil con la que han enfrentado el "paro" cafetalero lo demuestra, ya que han cedido en todo. Y ni siquiera se trataba de un sector social afectado por alguna ley o acción gubernamental sino por la naturaleza, riesgo natural en la agricultura. Pero grita y violencia disfrazada de "conflicto social" doblegaron al Gobierno con una velocidad no vista desde los lobbies específicos por los algodoneros. Un gobierno débil será, sin duda, pasto de todos los apetitos en las próximas semanas, cuando se sumen mineros informales, empleados públicos y demás gremios en pugna.

La pregunta es: ¿Entenderá el Gobierno está especial coyuntura en la que se le ve aislado, débil y sin estrategia, que no es una foto lo que necesita sino una política de entendimiento y consenso? Lo dudo. No sólo porque son demasiado recientes las agresiones verbales del primer ministro, que fuera lo de menos, sino por la falta de compromiso del presidente de la República. Sus aires displicentes, mandón y su autosuficiencia malentendida que confunde con autoridad, no lo hacen un personaje confiable. Su frase: "No dialogo con candidatos" lo pinta de cuerpo entero, pues al mismo tiempo de demostrar ingenuamente que esa frase es muy ingeniosa y que su esposa también repite miméticamente, se trata de un candado más que le pone a su puerta. Cuidado, el aislamiento desde el poder es el peor virus de los gobernantes, como lo demostró Luis XVI el 14 de julio de 1789 "Aujourd'hui, rien" (Hoy, sin novedad).

Le toca a él despejar las dudas.