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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Si, por ejemplo, visitase a un enfermo terminal y este me contara que entre sus planes futuros está comprar otra casa, viajar a la India para conocer el Taj Mahal e iniciar un curso de chino –que puede ser el idioma del futuro–, colegiré que el personaje en cuestión trata de huir de una realidad asfixiante y ese es el modo en el que responde su psiquis. Si visitase a una familia, cuya casa ha comenzado a incendiarse lentamente, y ellos durante el almuerzo me hablan de sus próximas inversiones en la bolsa, sus nuevos negocios y cómo vislumbran un futuro lleno de promesas o de las peleas contra algún vecino o conocido, volveré a pensar que huyen de la realidad, que no pueden admitir que se están quedando sin ese único bien material que es la casa devorada, lenta e inexorablemente por el fuego, y, por tanto, se han alojado mentalmente en un ámbito de fantasías que les permitirá hacer más sencillo lo que les aguarda. Huyen. No enfrentan lo inevitable.

¿Todo esto que acabo de reseñar es normal? Quizá lo sea. Quizá se trate de un mecanismo psíquico destinado a protegernos. En los momentos más calientes de una guerra algunos soldados suelen quedarse profundamente dormidos, con ronquidos incluidos, en el inicio de batallas decisivas. Relativamente fácil de comprender en lo individual –o en pequeños grupos–, este mecanismo se vuelve perverso cuando se trata de tragedias colectivas, cuyos platos rotos no solo lo pagaremos nosotros, la especie humana, sino la mayoría de las especies vivas y la vida misma tal cual la concebimos ahora. Así están procediendo nuestros estadistas frente al calentamiento global. ¿Qué hacer para volverlos a la realidad?