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Juan José Garrido,La opinión del directordirector@peru21.com

Quienes promocionamos dicha causa no podríamos vivir en un mejor momento: aquél en el que la lucha por las libertades individuales es no solo viable, sino además posible de lograr, así seamos –aún– minoría.

Y es que, imaginemos esta pugna en el mundo pre-industrial. Imposible pretender la unión entre hombres y entre mujeres cuando ni siquiera existía el derecho a elegir quién nos gobierne, o a unirse con personas de distinto credo, raza o condición social.

Pero la civilización no descansa. Y lo que ayer era un imposible, hoy es impensable detenerlo, siquiera discutirlo. No crean entonces, quienes aún mantienen sus reticencias (muchos, estamos seguros, en concordancia con sus tradiciones), que la historia no juzgará esta lucha como insensata.

Empero, no tiene sentido limitar a dos personas –que libremente desean– unirse formalmente ante la ley. Es un capricho, y como tal irá perdiendo sostenibilidad social conforme las nuevas generaciones se adentren en el rombo generacional. Es inevitable. La igualdad es, como dice el filósofo canadiense Jean-Marc Piotte, una de las claves de la modernidad.

Por eso, para quienes están a favor, lo importante es seguir avanzando. Hasta hace muy poco, este derecho estaba ausente a nivel global. Recién en el año 2001 se legaliza en Holanda, y desde el 2003 se van sumando naciones, las más recientes en Latinoamérica (Argentina, Brasil, México y Uruguay). No obstante, hoy no suman más de veinte, y por ello hay que seguir bregando.

Localmente, el tema ya está en debate gracias al congresista Bruce. Será cuestión de tiempo para que ello cale en la población y se vuelva un tema de agenda en la clase política; de ahí al derecho queda sólo un trámite. Desde afuera de la necesidad, es fácil exigir paciencia; pero para quienes soportan el maltrato legal cada día es un vía crucis social y cultural. Por ello, seguiremos tomando el pulso y esperando que la presión cause su efecto pronto.