(Foto: Bryan Albornoz)
(Foto: Bryan Albornoz)

Por Héctor Vargas Haya

¿QUÉ CELEBRAREMOS LOS PERUANOS el 28 de julio de 2021? Penosamente, el bicentenario de una frustración, por no haberse consolidado aún como nación y que en vano transcurrieron doscientos años desde la instalación de la República. Nos limitaremos a iluminar el cielo con luces y fuegos artificiales, fiestas y jaranas, programas y discursos pletóricos de proclamas, que pronunciarán los actores de la farsa, réplica de las plañideras de antaño, especialistas remuneradas para llorar.

Hace cien años, después de un siglo de frustraciones, de preponderancia de terratenientes explotadores, que se alternaban con corruptas tiranías militares, se abrigaba la esperanza de cambios que jamás se dieron. En el segundo centenario, el Perú continúa siendo escenario de desorden, sin la real estructura de una nación, porque es solo un conjunto de comarcas en una nación inconclusa, como sostenía Matos Mar, en su obra Desborde popular; un país enfermo de lacras morales incurables, sentencia González Prada. Un burdel, calificativo impuesto por el historiador Pablo Macera. Ámbito de profundos problemas sociales en comarcas ignoradas, de millones de peruanos abandonados, un país sin unidad ni identidad, un espacio geográfico centrífugo, víctima de un destructor centralismo alimentado por una especie de Nerones modernos que gozan comprobando que el extenso territorio nacional es solo campo de escombros, donde aún hay comarcas sin los más elementales medios que confiere la civilización contemporánea.

El bicentenario será una fecha más en el calendario, no hay nada positivo que celebrar, solo dramas humanos en una heterogénea población, cuyo único cambio es su crecimiento poblacional, de un millón doscientos cuarenta y nueve mil cinco, en 1821, a más de 30 millones de hoy. Lima contaba, entonces, con trescientos mil (300,000) y hoy registra más de 10 millones y se abulta a razón de 500 mil cada año, con todas sus consecuencias sociales. Quienes hemos vivido en el segundo siglo de la república ya no podremos comprobar lo que ocurra después. La generación posterior nos culpará de la magra herencia que recibe: un país en cuyo territorio es posible comprobar, con asombro, que aún están presentes todas las etapas de la historia, ante la impasibilidad del poder asentado en la capital de la República, a espaldas de la realidad y a la que los peruanos de todos los confines la invaden, creyendo erróneamente encontrar a la panacea de sus problemas.

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¿En tan deplorable escenario solo podremos celebrar en el bicentenario? Desencanto y desesperanza, tal vez solo entonar, con nostalgia, el aún indefinido himno nacional. Millones de seres repetirán sus tristes yaravíes en las alturas cubiertas de ichu, por donde solo el cóndor pasa y las vicuñas corren, en tanto, que la capital del Perú continuará siendo reducto de una sociedad insensible a la que nada le importa el destino del país, que apenas es un conglomerado humano de peruanos trashumantes sin norte ni brújula, escenario de drama y de vergüenza.

Una reciente publicación histórica bibliográfica sobre la realidad peruana, Nueva Crónica del Perú: siglo XX, de los historiadores Pablo Macera y Santiago Forms, ilustraciones de Miguel Vidal, editado por el Fondo Editorial del Congreso, es, sin duda, un minucioso compendio del drama peruano, de sus malas costumbres, de sus necesidades, de sus vicios y tendencias inferiores, en la vida de la nación más antigua de América y una de las más ricas del mundo, y que, sin embargo, ofrece el desolador y deprimente escenario de la más terrible desigualdad, pobreza extrema, desnutrición, embarazos precoces, ausencia de educación, subempleo, discriminación, semiesclavitud, malas costumbres, gran riqueza delictiva y degeneraciones ancestrales.

Después de doscientos años de república, el Perú no cuenta aún con una Constitución Política, entendida en su verdadero significado. A las llamadas constituciones que hemos tenido, una suerte de reglamentos cuarteleros, se suman las dos últimas, la de 1979, solo una suerte de compuerta que cancelaba toda una etapa conservadora del pasado pero que no era el instrumento para futuras generaciones, y la retrógrada de 1993, que ha borrado al Estado para dar paso a sistemas que ya fueron proscritos hace centenas de años en las verdaderas democracias.

El bicentenario de la llamada república se presenta, irónicamente, en momentos en los que el Perú se ve pintado de cuerpo entero, en todas sus miserias, mediante la irónica, pero drástica notificación de una epidemia que ha servido para descubrir ante el mundo que este país, mendigo sentado en un banco de oro, como dijera Raymondi, en 1854, sigue siendo escenario de millones de peruanos esperanzados, pueblos ignorados, compartiendo pobreza, convertidos en apenas testigos de los emporios de riquezas que los circundan, que solo geográficamente les pertenecen, por haber sido negociadas y entregadas a los gestores de grandes poderes económicos, que cuentan en el Estado peruano con fámulos que se hallan obsecuentes a sus servicios.

El bicentenario de la República es solo el recuento de doscientos años de desorden, de la carencia de instituciones sólidas, de oscuras transacciones, de la corrupción y fáciles enriquecimientos ilícitos, de la alegre transferencia de los recursos naturales, de la entrega en cuerpo y alma de la nación a los emisarios de la explotación que encontraron en el Perú a sus mejores socios y conserjes.

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