(AP)
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Después de cuatro años de zarandear la democracia de Estados Unidos, de intentar quebrar el Estado de derecho y de pisotear leyes e instituciones, Trump se va y deja un país polarizado y a uno de sus dos partidos políticos fracturado. Pero, a pesar de todo, la democracia estadounidense ha sorteado esta difícil prueba y ha salido ganadora. La fortaleza institucional del país del norte (separación de poderes, independencia de los organismos electorales, de la prensa y capacidad de vigilancia de la sociedad civil) ha logrado hacerle frente a este ejercicio populista, autoritario y narcisista del poder.

Pero el populismo (de cualquier lado del espectro político) está en auge en el mundo entero y no todas las democracias están preparadas para enfrentarlo, en particular las menos institucionales.

Los líderes populistas están explotando con éxito el malestar creciente de una población atribulada por la precarización de sus condiciones de vida, por el aumento de la desigualdad y también de la marginación (según la evidencia, existe una correlación entre sentirse marginado y no reconocido por el Estado, y votar por candidatos populistas) y, a través de la mentira y de un discurso basado en la división, están enfrentando al “pueblo”, a quien supuestamente ellos representan, con unas élites (económicas, empresariales o políticas) abusivas y corruptas que quieren vivir a costa de él.

Las condiciones del populismo no harán más que agravarse por la globalización, el avance de la tecnología y la transición de una economía industrial a una de servicios. Pero las democracias no pueden quedarse de brazos cruzados, deben atender la demanda de inclusión y resolver los problemas materiales más básicos de la población (como educación, salud y seguridad), deben también gestionar mejor la transición económica. Y en los países con baja institucionalidad, como el nuestro, urge que emprendan reformas claves como la del sistema de justicia y la política.

Para lograrlo se necesita una clase política que esté a la altura, partidos sólidos y gobernantes con liderazgo y visión. Solo así podrá revertirse el creciente desencanto hacia la democracia. ¿Estamos preparados en el Perú?

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