Foto: AFP
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En lo que va de la campaña electoral, se han hecho varias referencias al régimen venezolano y al peligro que podría significar la importación de dicho modelo. Sin embargo, hay una gran omisión en el debate, pues no se menciona la otra amenaza, igual o más peligrosa en este momento: el aumento de la extrema derecha y los movimientos neofascistas a nivel internacional.

La extrema derecha ha regresado a la política en países como España, Francia y el Reino Unido. En nuestro hemisferio, Brasil y Estados Unidos son dos ejemplos claros del peligro y el daño que esta puede causar si llegara al gobierno.

El autor Jason Stanley, en su libro Cómo funciona el fascismo, remarca algunas de las características centrales de este fenómeno en el siglo XXI.

En primer lugar, son movimientos ultraconservadores. Los fascistas añoran un pasado “más puro”. Lo que en realidad quiere decir un pasado donde ellos tenían el control. Los supuestos valores perdidos están basados en el fundamentalismo religioso y suelen llevar una gran carga de odio. Se oponen a la educación que permita un desarrollo sexual libre e informado, al empoderamiento femenino, a la llegada de migrantes, odian a las familias que no encajan en sus estándares tradicionales. Extrañan la época en que las minorías no tenían voz ni voto.

Adicionalmente, son ultranacionalistas. El fascismo está en contra de los avances sociales que ha traído la globalización, que, según su mirada paranoica, es manejada por cofradías internacionales para corromper la sociedad. La extrema derecha vive del miedo al avance de un supuesto otro para presentarse a sí misma como la única que puede restaurar el orden y rescatar el país.

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En ese mismo sentido, Stanley plantea que existe también un elemento que él califica como “ansiedad sexual”. Los fascistas extrañan los parámetros tradicionales de familia y de masculinidad, y ven en todos lados conspiraciones para “homosexualizar” a la sociedad, “corromper” a los niños, entre otros mitos.

Pero uno de los aspectos más preocupantes es su gran autoritarismo. Los fascistas desprecian las normas democráticas y anhelan un poder absoluto. La justicia independiente es para ellos persecución, las voces opositoras son traidoras de la nación. Asimismo, la prensa libre es siempre elegida como el principal enemigo, puesto que el fascismo se alimenta de la desinformación. Las fake news, las teorías conspirativas, la difusión de mentiras para desestabilizar gobiernos, la negación de hechos científicos, su odio contra la cultura son solo algunas de sus armas recurrentes. Buscan crear ignorancia y duda suficiente para impulsar su agenda. Por ello, se enfrentan a cualquiera que pueda criticarlos y romper su narrativa llena de mentiras y exageraciones. Para ellos, solo hay una voz legitimada: la suya.

Si todo esto suena conocido, es porque es ya parte de la dinámica de un sector político en el Perú desde hace un buen tiempo, agravado ahora en campaña. La extrema derecha es hoy una verdadera amenaza para nuestra democracia. Es momento de que la enfrentemos como tal. Como lo hemos visto en otros países, puede llegar al poder a través de elecciones, pero luego se encarga de destruir las instituciones desde adentro.

Más que convertirnos en Venezuela, hoy existe el riesgo real de volvernos el Brasil de Bolsonaro. Estamos a tiempo de reaccionar.

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