Primera entrega de 'El dedo en el disparador', de Miguel Ruiz Effio. Premio Copé Oro 2020.
Primera entrega de 'El dedo en el disparador', de Miguel Ruiz Effio. Premio Copé Oro 2020.

El niño tanteó a ciegas en el espacio hasta dar con la superficie blanda de mi dedo índice. Lo apretó con todas sus fuerzas, como si empuñara un arma, y así, aferrado a mi dedo, movió perezosamente sus piernecitas cortas y famélicas. Frente a mi presencia recurrente, que alternaba aquellas visitas con las que hacía a su madre, mantuvo los ojos cerrados durante algunas horas más. Los párpados, hinchados, todavía protegían sus pupilas de la luz. Mucho después las descubrí de color café, como las mías.

El niño no lloró durante aquella primera oportunidad que compartimos en la sala de recién nacidos. Lo había hecho minutos antes, después de llegar a este mundo, sostenido de un pie por el médico, luego de la palmada que lo desentumeció. Lloró con ímpetu mientras sus extremidades temblorosas se acostumbraban a moverse fuera del universo acuoso en el que había vivido hasta entonces y su instinto le revelaba que había otro mundo donde no era necesario nadar, sino más bien inhalar y espirar. Lloró hasta que su rostro enrojeció, pues el recorrido del oxígeno a través de sus pequeños pulmones era una sensación nueva que lo exasperaba.

El ruido de su propio llanto, que recibía con los ojos apretados, contrastaba con los sonidos del útero materno que hasta entonces lo había cobijado. Desde entonces los latidos de su madre dejarían de resonar cercanos.

El médico aprobó aquella primera victoria: el niño reaccionaba al mundo sin problemas.

Varias horas después, mientras contemplaba al niño y a su madre, un estremecimiento desconocido desarmó mi aplomo y me rindió ante la escena. Ese pequeño pedacito de carne, mía y de Natalia, dependía desde entonces de mí. Ese pequeño rostro arrugado, que bregaba por adaptar sus fosas nasales a la temperatura y las condiciones de la atmósfera, dependía de mí.

El niño reproducía los rasgos de mi padre, fallecido un par de años atrás, y me devolvía su rostro miniaturizado, encogido, reducido a sus trazos básicos. Aún era imposible relacionar con mis propios rasgos a aquel pequeño varoncito que dependía de mí. También de Natalia, por supuesto —y sobre todo de ella—, pero aquella reflexión inicial mía oscilaba entre el miedo y el egoísmo. Durante esos segundos, más que cualquier cosa en el mundo, ese bebé era mi hijo, la prolongación de mi presencia en este mundo.

Sentí pavor.

El niño me permitió conocer sus ojos café algunas horas después, mientras lo contemplaba, incrédulo y fascinado. Recordé todas las veces que había postergado aquel momento, frente a la mirada suplicante de Natalia, con la excusa del trabajo, los estudios, los viajes, o cualquier cosa.

El hombrecito que un día tomaría mi lugar en el mundo abrió los ojos, bizqueando, y posó la mirada en mí sin fijarla realmente. Con toda seguridad fui, más bien, un obstáculo contra el que se interrumpía la inexperiencia de su mirada.

El niño se sentó dieciséis semanas después.

Luego de cuatro semanas más empezó a arrastrar sus rodillas por el suelo, sostenido por los pequeños músculos de sus brazos. Gateaba.

Y sus ojos asombrados se fijaban, por fin, en mis movimientos.

Observabas, hijo mío, al hombre que te protegería de cualquier peligro. Pasara lo que pasara.

Te protegería incluso de ti mismo.

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