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Muchos no se acuerdan, pero fue el grito y bandera de batalla de los jóvenes de América Latina después del intento fracasado de la CIA de derribar al gobierno revolucionario encabezado por Fidel Castro. Un grupo de más de mil cubanos en el exilio fue entrenado y armado por el país del norte creyendo, ingenuamente, que con su desembarco en la isla el pueblo cubano los iba a apoyar. La derrota propinada por el ejército rebelde a la columna de invasores en Bahía de Cochinos, en abril de 1961, definió el alineamiento ideológico de los revolucionarios cubanos en la época de la guerra fría entre EE.UU. y la URSS.

Después de la crisis de los misiles –octubre de 1962– que puso al mundo al borde de una guerra nuclear, EE.UU. declaró el infame y cruel embargo económico a la isla creyendo, equivocadamente, que podía doblegar la voluntad revolucionaria de los cubanos.

Habiendo pasado 53 años desde el rompimiento de las relaciones diplomáticas, el presidente Obama ha reconocido el fracaso de la estrategia empleada; los cubanos, por el contrario, festejan la medida como una victoria. Se dará paso a nuevos tiempos y problemas. Surgirán distintos retos para el partido comunista y su gobierno; ya no se podrá echarle la culpa al bloqueo de las dificultades económicas en la isla. En realidad, es un gran éxito de Raúl Castro que afirmó a final de su carrera su condición de estadista, y también valiente la decisión de Barack Obama de enfrentarse al sector de la mafia cubana infiltrada en la política norteamericana. Al papa Francisco ya no le podemos echar más flores. Para los cubanos, la batalla sostenida entre David y Goliat ha sido muy larga, como grande, muy grande la victoria alcanzada. ¡Cuba sí…, yanquis también!