(AFP)
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La inédita protesta de centenares de cubanos ayer en diversas ciudades de Cuba –y en otras capitales del mundo, frente a las embajadas, como ocurrió también en Lima– enrocados tras el grito de “abajo la dictadura” podría ser el inicio del fin de un régimen castrista que sometió durante décadas a la población a la pobreza, la carencia de servicios esenciales y a la pérdida de sus libertades.

Y como no podía ser de otra manera cuando se trata de dictaduras o gobiernos ilegítimos, la respuesta ha sido sacar a las fuerzas del orden a las calles y reprimir a las muchedumbres, principalmente integradas por jóvenes y estudiantes. La respuesta del gobierno incluyó en este caso la estrategia, ya probada en la India, Nicaragua, Turquía y China, de censurar o cortar parcialmente las señales de Internet en los sitios más conflictivos, así como la de llamar a otros ciudadanos “revolucionarios” –organizados casi como paramilitares– a enfrentarse a los manifestantes. Pero los manifestantes se las han arreglado para restablecer la comunicación y difundir su lucha.

Con los grandes medios –diarios, revistas y televisión– dominados por el Leviatán castrista, quedan, sin embargo, las redes sociales y el boca a boca para difundir sus movilizaciones y enfrentamientos con la Policía, como ha ocurrido en otros países donde las protestas lograron extenderse geográficamente durante varios días y semanas.

De ahí que las marchas que están acosando al régimen comunista, de manera concertada y sostenida, provengan en estos momentos de distintos puntos urbanos de la isla.

La pandemia ha llevado al extremo las miserias que padecía el pueblo cubano desde hace años, pues hoy en los hospitales casi no es posible encontrar medicinas tan básicas como el paracetamol o la penicilina, indispensables para combatir los males vinculados al COVID, en una población para la que hasta el arroz o los frejoles pueden llegar a convertirse en bienes de lujo.

Todo indica que la protesta no se detendrá. Las democracias del mundo deberán permanecer vigilantes para evitar los baños de sangre que suelen seguir a las movilizaciones callejeras que, en condiciones de amplia desventaja, se enfrentan al fuego graneado de un Estado autoritario, en este caso la dictadura más longeva de América.

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