(Presidencia)
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Todos los países sufren crisis durante su historia. Producto de la naturaleza o de diversos fenómenos sociales. Sin embargo, las que se expanden en todo el planeta, prolongadas y profundas, conllevan señales del advenimiento de innovaciones y muchos cambios. De ahí que las crisis también son portadoras de nuevas oportunidades para el avance social.

La crisis que estamos sufriendo como producto de la pandemia del COVID-19 es un gran reto para nuestro país. Ha llevado la tragedia y el profundo dolor para las familias de más de 30 mil fallecidos y 700 mil infectados. Y las medidas para contener la pandemia nos obligaron a la cuarentena, cierre de empresas, establecimientos y negocios, golpeando dramáticamente a los trabajadores y a la economía. Avanzar hacia la normalidad económica y social amenaza con un rebrote de la pandemia.

Estamos ante una crisis múltiple que ha desnudado una situación de la que se hablaba mucho pero por la que se hacía poco. Y no retumbaba ni se advertía por ser los de abajo los que la sufrían. Salió a la luz la falta de infraestructura, mala alimentación, forzado autoempleo, graves falencias en el sistema de salud, muy deficiente educación pública en las zonas alejadas, etc. En síntesis, una extrema desigualdad. Así, las posibilidades de competir en los mercados en “igualdad de condiciones” son un sueño.

Además, estamos presenciando una grave situación política de trasfondo claramente electoral. Sin pedir permiso ni tener consideración se metió la mala y sucia política, agravando el carácter de la crisis. Enfrentados, en lugar de luchar juntos contra el enemigo de todos. Así y sin vergüenza se mide la fuerza de la disputa con la oscura emboscada, insidia, calumnia y el número de cuchilladas en la espalda. La vacancia no va.

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