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Lo sucedido con las "manos limpias" del ex alcalde de Chiclayo es una corrupción de escándalo (versión bruta), pero también una vergüenza para quienes sabían de esto, pero no hicieron nada. Sin embargo, no hay que generalizar, también hay alcaldes y presidentes regionales que son transparentes y honestos. Hay otros que no roban, pero dejan robar para beneficiarse posteriormente de las diversas repartijas.

Sin embargo, un grupo mayoritario es el que no le hace morisquetas a la "contribución política" de los empresarios que han ganado una licitación (a la buena o a la mala), o de los otros empresarios que, adelantándose a una posible reelección y los futuros beneficios, también ponen de la suya. De ahí la explicación de las apuradas obras que aparecen de la nada justo antes de cualquier reelección. Son la versión provinciana de "la plata llega sola" de Alan, que se encuentra entre los límites del cinismo, buena suerte y la corrupción (versión fina).

Pero la corrupción crece exponencialmente cuando se trata de grandes licitaciones de megaproyectos a nivel del Gobierno Central. Cómo será que las grandes empresas consideran ya de oficio un porcentaje de sus costos al dedicado a la negociación con el ámbito político; por ejemplo, crédito para la campaña de un candidato presidencial a cobrarse con el beneficio de una gran obra después de que salga elegido.

Tampoco se salvan las instituciones uniformadas; la bruta se da cuando los jefes se apropian de la dotación de gasolina, de propinas y bonificaciones de inexistentes efectivos que solo figuran en las planillas. La fina se da cuando las "comisiones técnicas" deciden, por ejemplo, seleccionar como mejor el tipo de avión fabricado en un país, desechando la oferta de otro.