Foto: Anthony Niño de Guzmán/GEC.
Foto: Anthony Niño de Guzmán/GEC.

Competimos contra un virus maligno. No es una carrera corta, sino una de resistencia y con obstáculos. Estamos en el mismo océano, pero no en el mismo barco. Algunos en lancha, otros en llantas salvavidas, muchos a nado a punto de ahogarse y otros pocos en yates. Aunque el “bicho” no discrimina, las circunstancias de la emergencia se enfrentan de manera muy, pero muy distinta. Nos rompemos la cabeza de por qué en ciertas zonas la gente se agolpa en mercados como si fuera el último día de sus vidas. Una y otra vez nos preguntamos por qué es tan difícil entender que la distancia social es de vida o muerte.

Algunas reflexiones sobre las desigualdades estructurales del Perú que llevan décadas y que nunca se vieron con tanta nitidez. Solo un tercio del país vive con relativa comodidad, en habitaciones separadas. En el mejor de los casos incluyen terrazas, jardines o balcones. Otro tercio vive en una sola habitación y con cuatro o cinco personas. Otro tanto, además del hacinamiento, ni siquiera tiene agua y desagüe. Un porcentaje importante no tiene refrigeradora. Entonces, sí estamos en el mismo océano, repleto de coronavirus, pero de ninguna manera en el mismo barco. Esfuerzos se hacen para ganar tiempo y tener una respuesta pública exigiendo a cambio un mejor comportamiento ciudadano; sin embargo, queda claro que el coronavirus nos ha puesto en jaque y ha desnudado nuestras carencias, además de hacer evidente el abismo entre unos y otros. Ha dicho bien el presidente Vizcarra que toda crisis nos da una oportunidad; lo creo firmemente. La salud y la educación son los pilares de una sociedad sana. Estamos muy lejos de serlo pero si la pandemia nos obliga a mejorar ambos sistemas, le habremos ganado y con creces.