Con la pandemia aún excesivamente combativa pudieran los gobernantes caer en la tentación de sentirse todopoderosos y absolutos. ¿Quién puede frenar sus ímpetus o corregir sus errores? Si hay un poder para ello, ese solo es el Poder Judicial, ese que hoy aparece desdibujado.

Sus decisiones rápidas y decididas son más necesarias que nunca. En plena crisis de salud pública, la crisis del Poder Judicial es evidente, aunque silente.

Ello es así, porque los jueces no pueden ejercer su labor con la intensidad que debieran. Si algo distingue (o debiera distinguir) el trabajo judicial, es la inmediación. Es decir, tener ante sí el rostro del acusado; recibir de primera mano las sensaciones que ningún procedimiento escrito puede sustituir. Además de ello, la justicia ha de actuar rápidamente, “porque justicia tardía no es justicia”. Item más, la justicia ha de actuar en situaciones como las que nos aquejan, de restricción de derechos fundamentales. Su voz es necesaria porque (no nos engañemos) es la única capaz de marcar con solvencia y desinterés la línea entre lo correcto y lo rechazable. Lo constitucional y lo ilegal. Hay gobernantes que exhiben con orgullo un tanto precipitado que con el confinamiento se ha reducido la criminalidad. ¡Claro! Y si el confinamiento fuera para siempre y en cárceles gigantes, tanto mejor, ¿no?

¿Y si los gobernantes descubren que con la población recluida es más fácil gobernar? ¿Viviremos en un confinamiento eterno? Seguro que no, pero llegado el momento, una simple resolución judicial tiene poder para revocar decisiones que han de pasar por algún tipo de control imparcial, eficiente e independiente, y con plena sujeción a la ley. En eso consiste el ejercicio del Poder Judicial.