(Foto: GEC)
(Foto: GEC)

Es verdad que nada volverá a la normalidad. Es cierto que aún no vivimos lo peor. No es menos cierto que un maligno virus ataca el mundo y ha desnudado todas las carencias de nuestro Estado frágil con ciudadanos con mitos culturales difíciles de exorcizar. Pero cada vez me convenzo más de que escuchar permanentemente a los profetas de las catástrofes nos enferma más y nos expone a peores situaciones que el coronavirus. De hecho hay que evadirlos, neutralizarlos con un bloqueo constante.

Aquí no se trata de arrancarle el pelo al lobo, de que si el presidente o el Gobierno lo pueden hacer mejor, se trata de que la oportunidad y el contexto nos obligan a mirar en una sola dirección. El asunto es cómo lo hacemos mejor con las pocas herramientas que tenemos, con las decisiones que toman las autoridades. Sí, hay que fiscalizar, que se cumpla con la vigilancia del manejo del dinero. Sin embargo, los medios tenemos que ser certeros. Ni alarmistas ni altisonantes: veraces. En la orilla de acciones esperanzadoras, cuando se anuncia que los canales privados también se suman al esfuerzo de las plataformas educativas, hay que celebrarlo en lugar de buscarle la quinta pata al gato o, lo que es peor, criticar con segundas intenciones las “demoras”, o el “número de horas”.

Cuando la vida comience a recuperarse, debemos haber aprendido lecciones de lo urgente, lo importante y, sobre todo, lo trascendente. Adiós a los besitos y abrazos por mucho tiempo, el rigor de la higiene personal, respetar el espacio del otro; en otras palabras, una distancia social que preserve nuestras vidas y ojalá lleguemos también a aprender a desterrar a los eternos profetas de catástrofes, incapaces de ver el vaso “medio lleno”.

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