A estas alturas de la pandemia, supongo que habrá que reformular el refrán “mal de muchos, consuelo de tontos”, porque no hay consuelo para nadie. España vive una de las situaciones más dramáticas. Registra más muertos que China, y los hospitales y las funerarias empiezan a colapsar.

Mientras el gobierno se desgañita para que confiemos en que los medios llegarán, la calle (solitaria) se pregunta y por qué no han llegado ya. Aún es pronto para saber si se pudo haber actuado de otra forma. Pero parece obvio que se debería actuar más rápido. Las cosas mal hechas se enmiendan, y quiero creer que aquí así se hace.

El tema que late es lo que se debería hacer y no se hace. Por temor o diletantismo. ¿Es hora ya de obligar al confinamiento absoluto para poner coto a la espiral del virus? No se prohibieron las manifestaciones del 8 de marzo. Grave error que acompañará al gobierno siempre. Ojalá no se incurra en nuevos errores porque el tiempo de la rectificación se acaba.

Todos estos temas nos preocupan y aquejan durante el encierro, pero también hay inesperadas muestras de sentido común que nos emocionan.

En Madrid se ha habilitado en apenas tres días un hospital exclusivo para atender a pacientes de COVID-19. El jueves lo visitó el rey. Habló de “esfuerzo, sacrificio y superación”. Y de esperanza. Este hospital de campaña cuenta con 5,500 camas y una “autopista” de ductos para llevar oxígeno a cada paciente. Fue la tarea más compleja. Como dijo el rey, ha surgido del esfuerzo de todos: gobiernos, Ejército, empresas privadas y mano de obra individual. Todos han hecho causa común para convertir al hospital de IFEMA en el más grande de España. La unión, pues, es verdad que hace la fuerza.