El COVID-19 nos va a acompañar por varios meses y no podemos estar en cuarentena forzosa eternamente. El costo económico y social es enorme y hay mucha gente que solo la respeta parcialmente, muchos por necesidad, por lo que no ha sido tan exitosa como debió ser.

Una de las grandes preocupaciones del gobierno en este momento, entre varias otras, es cuándo y cómo redirigir este retorno a la actividad. Lo mismo ocurre en otros países con el mismo reto de cómo generar una mayor actividad económica sin que el aumento de los contagios colapse el sistema de salud. Se analiza una apertura gradual permitiendo el retorno parcial a la actividad de aquellos sectores que tienen buenos protocolos de seguridad o liberando zonas geográficas completas, para lo que requieres una gran cantidad de tests.

Debemos priorizar actividades de alta productividad, bajo riesgo y mayor valor agregado y negocios y servicios que hace sentido autorizar porque las personas los van a usar sin temor. Otro reto es cómo movilizar ese mayor flujo de personas, porque de poco sirve si van a trabajar a empresas seguras en vehículos congestionados sin respetar el aislamiento. Esta flexibilización tiene que acompañarse con un mensaje claro a la población para que no baje la guardia y use mascarillas siempre.

Tendremos que tomar decisiones con información limitada sobre el número más certero de contagiados por zonas, sobre el número de personas y empresas que siguen trabajando, su valor agregado, y si lo hacen respetando protocolos mínimos de seguridad y transportándose en vehículos que respetan el distanciamiento social. Esto nos fuerza a pensar “fuera de la caja” y así evitar tener que dar marcha atrás con respecto a la apertura de actividades o flexibilización de cuarentenas.