(Foto: AFP)
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Del número de muertos que registra España, la mitad eran ancianos. ¿Se ha contabilizado cuántos de los fallecidos eran mujeres?

Cuando se obliga a la población de un país a confinarse, ¿se evalúa con carácter previo cuáles serán las consecuencias para la población masculina, y cuáles para la femenina?

¿Recibirán igual las mujeres la imposición de salir solas a la calle, dejando a sus hijos menores en la casa? ¿El cierre de colegios afecta por igual a las madres que a los padres?

¿Puede atender igual una mujer sus responsabilidades laborales si tiene a su cargo exclusivo el cuidado de los pequeños?

El cierre de peluquerías, que podría parecer anecdótico, ha dejado sin sustento a las familias de sus empleados. ¿Cuántos son del género femenino?

Es verdad que, al menos en España, se habla bastante de que las mujeres corremos más peligro al estar confinadas en el mismo espacio con el posible maltratador. Pero las mujeres no solo somos posibles víctimas de violencia de género. Somos algo más. Somos personas que quizás en algunas esferas no hemos tenido el mismo acceso a la educación o al uso de la tecnología. O que seguimos asumiendo la mayor carga de trabajo sumando la profesional con la doméstica.

Si como afirma la ONU, y es un dato basado en números, no en quimeras, las catástrofes naturales afectan más a las mujeres, ¿se mide de qué forma está afectando el virus a las mujeres? Echo de menos que cuando se da la lista de los afectados, muertos o sanados, no se haga la distinción por sexos. Es la única forma de saber las consecuencias de las políticas adoptadas, y condición necesaria para que las futuras busquen profundizar en la igualdad, no en las brechas de género.