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Congreso para brutos

Un congresista es bueno, antes de por qué tanto piensa, por qué tan bien representa a sus votantes. Los nuestros no hacen ni lo uno, ni lo otro.

Pleno del Congreso

El primer ministro Salvador del Solar presentó cuestión de confianza por seis proyectos de la reforma política. (Foto: Anthony Niño De Guzmán / GEC)

Congreso para brutos. (Foto: Anthony Niño De Guzmán / GEC)

Alfredo Bullard
Alfredo Bullard

En los 80, el Congreso del Perú estaba lleno de intelectuales: Luis Alberto Sánchez, Ernesto Alayza Grundy, Enrique Chirinos, Mario del Polar, y siguen nombres.

¿Era mejor que el actual? Posiblemente usted dirá que sí. No estoy seguro. Depende de la vara con que se mida.

Si medimos por la sumatoria de los coeficientes intelectuales, o por el número de libros que han leído, le doy la razón. El resultado sería una goleada. Me intriga saber cuántos congresistas actuales han leído un libro. O cuántos se necesitan para haber leído la cantidad de libros que leyó Luis Alberto Sánchez. O cuántos Becerriles se necesitan para hacer un Alayza Grundy.

Pero si uno lo mide en términos de representatividad de los votantes, el actual parece ser más representativo. No me malinterprete. No es un buen Congreso. Ni siquiera sugiero que es un Congreso mediocre. Es pésimo. Pero es, desde cierta perspectiva, más representativo que los Congresos de los 80. Refleja mal al Perú, pero lo refleja mejor.

Y es que señorones intelectuales con aire aristocrático como los congresistas de los 80 son representativos de un país tan diverso en lo cultural y social como el Perú.

¿Quiere decir que tenemos los congresistas que nos merecemos? Tampoco. Nadie, ni la persona más infame, se puede merecer el Congreso que tenemos. En realidad, mi punto es si sabemos la respuesta a la pregunta ¿para qué sirve un congresista?

Hace unos años escuché a Hernando de Soto decir, a propósito, precisamente, de las diferencias entre los Congresos de antes y los actuales, que cuando se reunía con congresistas estadounidenses tenía la impresión de que su mérito no estaba en su capacidad intelectual. No eran como Luis Alberto Sánchez o Alayza Grundy. Eran políticos. Su mérito está en su capacidad de transmitir las preferencias de los ciudadanos antes que en redactar leyes de manera inteligente.

Lo que los hace destacar es su habilidad para leer las necesidades de sus votantes e identificar propuestas que satisfagan sus expectativas. Su función es representar.

A quien corresponde hacer leyes sesudas y bien estructuradas es a los asesores y equipos técnicos del Congreso, no a los congresistas. Y estos asesores no deben ser como los nuestros. En su mayoría son traídos por los congresistas cuando llegan y se van cuando estos dejan el Congreso, llevándose toda la experiencia y memoria adquirida. En contraste, los equipos establecidos en el Congreso de Estados Unidos son técnicamente muy preparados y, sobre todo, trascienden de un Congreso al siguiente. En otras palabras, en Perú tenemos, con algunas excepciones, mediocres intranscendentes.

Hay que buscar formas de elección que lleven a los votantes a elegir a quienes mejor interpreten sus preferencias y las trasladen al proceso de decisión pública. Y construir equipos técnicos en el Congreso que puedan hacer leyes que funcionen y no los mamarrachos que tenemos que leer todos los días en El Peruano.

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