Jimmy Barclays entró con aire ceremonioso en una librería deslumbrante y majestuosa de Buenos Aires, un antiguo teatro convertido en librería. Luego hizo discretamente lo que solía hacer en una librería: espiar si tenían sus libros. Como no los encontraba, pidió ayuda a una asistenta. Era una mujer de mediana estatura, pelo marrón, ojos almendrados y mirada risueña. Era guapa, despreocupadamente guapa, como si no fuera consciente de ello. Estaba vestida con una blusa celeste y unos pantalones negros. Un prendedor metálico anunciaba su nombre. Se llamaba Andrea.

Andrea reconoció enseguida a Barclays. Le dijo que había leído todos sus libros. A continuación, lo llevó al estante donde se exhibían esos libros. Andrea dijo que los recomendaba siempre a sus clientes. Fue así como Andrea Esteves y Jimmy Barclays se hicieron amigos. Ella era su lectora y admiradora. Él se sentía halagado por eso. Nada hacía presagiar que años después serían enemigos. Ninguno sospechaba que acabaría acusando al otro de traidor.

Andrea soñaba con ser escritora. Era hija única. Su padre, un matemático brillante, había muerto de un infarto, dando clases, cuando ella era una niña. Su madre, lectora insaciable, sufría de artritis y vivía tendida en una cama. Andrea y su madre vivían en una casa de dos pisos, en un barrio de clase media, con una perrita llamada Federica. Andrea leía muchísimo, todavía más que su madre, quien tenía la curiosa costumbre de arrancar cada página que leía y arrojarla al pie de su cama, de modo que, concluida la lectura de un libro, su cama parecía flotar o elevarse sobre una nube de papeles impresos. La perrita se ocupaba de darles unas reservas de amor inagotables a esas dos mujeres ermitañas.

Barclays visitaba Buenos Aires todos los meses. Era dueño de un departamento en esa ciudad. Allí vivía un amigo suyo que también soñaba con ser escritor. Eran principalmente amigos, raramente amantes. No los unía la pasión quemante del erotismo, sino el culto tranquilo a la amistad. Barclays no le había contado que tenía una amiga librera en esa ciudad. Era un mentiroso consumado. Pasaba una semana en su departamento, con su amigo-amante, le decía que debía marcharse en un vuelo de madrugada, salía sigilosamente, mientras él dormía y, todavía de noche, llegaba a casa de Andrea, era recibido con ladridos por la perrita y se metía en la cama de su amiga-amante. Los días que pasaba con ella tenían entonces la textura deliciosa de ser clandestinos. Nadie debía saber que se encontraba escondido en aquella casa recoleta. Oficialmente, estaba de regreso en Miami, la ciudad donde vivía. Furtivamente, pasaba unos días con Andrea. Se sentía un fugitivo a salto de mata, temeroso de sus otras familias: la que tenía en Miami, donde lo esperaba su novia, y la que tenía en Lima, donde vivían su exesposa y sus hijas mayores. Barclays era entonces una suma de individuos que cohabitaban gozosamente y sin reñir: hacía el amor con su novia, con su exesposa, con su amigo-amante argentino y con su amiga-amante argentina, y sentía que a todas esas personas las amaba sin duda alguna. Pero nadie, en esa extraña reunión de pasiones, sabía de la existencia de Andrea Esteves: ni la novia, ni la exesposa, ni el amigo-amante. Andrea era el secreto mejor guardado de Barclays y quizás su amante más rendida.

Barclays se sintió sorprendido una madrugada, al llegar a casa de Andrea, cuando ella se desnudó y le mostró su espalda: se había hecho un tatuaje breve y lacónico que decía J. En lugar de tomarlo como un halago, Barclays le dijo que no debió hacerse ese tatuaje, que tarde o temprano habría de arrepentirse. Pero ella no le hizo caso. Yo nunca me haría un tatuaje, dijo él. J no sos necesariamente vos, bromeó ella. Hicieron el amor. Barclays sintió una desusada gratificación mirando la letra J en la espalda de su amante. La he conquistado, pensó. He colonizado ese territorio, se dijo. Esa espalda es ahora parte de mi imperio, pensó. Y enseguida se entregó a la ensoñación de que todas sus amantes se tatuarían la letra J en la espalda.

Tiempo después, Andrea y Barclays fundaron una editorial llamada Perfil Bajo. Ella hizo todo el trabajo, él puso el dinero. Eran dueños a partes iguales. Acordaron que publicarían libros que les gustasen a los dos: si uno expresaba su disgusto, o sus dudas, bastaba para vetar la impresión. Publicaban un libro cada tres meses. Andrea tenía un ojo refinado para cazar nuevos talentos. No fallaba. Traía manuscritos de indudable valor. Todo marchaba viento en popa. Los libros de Perfil Bajo se exhibían muy bien en la librería donde ella trabajaba. Por supuesto, ella los recomendaba. Ya no recomendaba los de Barclays, o no tanto.

Hasta que el amigo-amante terminó de escribir una novela. Ese fue el origen de la guerra que acabó por destruirlo todo. Era un libro triste y desgarrado, evocando a su hermana, que había muerto de cáncer a una edad temprana, veintiocho años. Barclays había conocido a esa joven. La novela le pareció tremenda. Siendo una novela de su amigo-amante, no dudó en recomendársela a Andrea y pedirle que la publicase. Andrea sabía bien quién era el amigo-amante, pero este no sabía que Barclays era amigo-amante de Andrea y dueño de Perfil Bajo. Taimado, Barclays le dijo a su amigo-amante que mandaría el manuscrito a esa editorial porque allí publicaban a autores jóvenes, debutantes. No le dijo todo lo demás, prefirió ocultárselo. Estaba seguro de que Andrea aprobaría la novela.

Sospechosamente, Andrea, que devoraba libros en dos o tres días, demoró semanas en dar una respuesta. Como no se pronunciaba, Barclays le pidió su opinión. Ella fue fulminante:

-El libro de tu amigo es malísimo. No podemos publicarlo.

Indignado, Barclays le dijo que el libro tenía pasajes conmovedores.

-No es conmovedor –le escribió ella–. Es cursi. Es de una cursilería insufrible.

Barclays se sintió ofendido. Le dijo que el libro debía ser publicado, aun si a ella no le gustaba.

-Es el libro de mi novio –alegó–. No es el libro de un desconocido.

-No sabía que tenías novio –ironizó ella–. Pensé que era tu amigo. Y el libro es una mierda. No saldrá.

Barclays perdió las buenas maneras y le escribió un correo insidioso:

-No seas necia. Si yo pongo el dinero, yo decido qué sale o no sale.

-No fue nuestro acuerdo –objetó ella–. Acordamos que, si yo vetaba un libro, no salía.

-¡Pero es el libro de mi novio!

-¡Sí, pero es una mierda!

Barclays quedó derrotado. El libro no salió. Su amigo-amante nunca se enteró de esas intrigas, solo supo que la respuesta de Perfil Bajo había sido negativa. Herido en su orgullo, Barclays dejó de visitar a Andrea. Tiempo después, traspasó la editorial a ella y se retiró del negocio. Ella le mandó un escueto correo electrónico:

-Sos un traidor. Sos un negro culosucio.

Nunca le habían dicho negro culosucio a Barclays. Le habían dicho traidor, pero no negro, no culosucio. Ambas palabras, atadas la una a la otra, le parecieron geniales. Aunque lo habían insultado, disfrutó del insulto, le pareció un agravio fantástico, literario. Pensó: podría ser el título de una novela mía, o de un cuento. Pensó: ¿será que Andrea me ve como un negro culosucio porque nací en Lima, o porque soy desaseado, o porque me encuentra ordinario?

Jimmy Barclays no ha vuelto a ver a Andrea Esteves. Han pasado ya diez años. Ella ha tenido éxito como editora de Perfil Bajo, ahora publica un título cada mes. También ha tenido éxito como escritora, publicó una novela maravillosa sobre su familia. Barclays se pregunta si la letra J seguirá tatuada en su espalda. Extrañamente, siempre que se limpia el trasero, se acuerda de Andrea Esteves.