Una lluvia en Lima no debería desordenarlo todo, y es eso lo que ocurre. La gente llega tarde a sus trabajos y escuelas, los vehículos se atoran en el tráfico, señala la columnista. (Foto: @ClimaPeruMundo)
Una lluvia en Lima no debería desordenarlo todo, y es eso lo que ocurre. La gente llega tarde a sus trabajos y escuelas, los vehículos se atoran en el tráfico, señala la columnista. (Foto: @ClimaPeruMundo)

Esta semana la usual llovizna invernal limeña dio paso a una lluvia poco habitual que generó un amanecer no solo húmedo, sino caótico. El tráfico y desorden usual fueron mayores que en días sin lluvia y no faltaron los siniestros viales ni los accidentes a punta de resbalones. Como es usual cuando llegan estos días mojados, los ciudadanos se sorprenden y los medios de comunicación emiten reportajes en los que se preguntan si la ciudad está preparada para la lluvia o si las veredas pulidas son una buena alternativa si prevenir caídas queremos.

Pero lo que falta es indagar en el fondo del asunto: la capacidad de nuestras ciudades de ser resilientes y de poder adaptarse al clima cambiante, que, hoy más que nunca, resulta un asunto urgente. El problema no solo está en los enfoques que impregnan de contenido las normas técnicas y que, por supuesto, prestan especial atención al vehículo motorizado, sino también en la calidad del diseño urbano. Quizá sea mejor hablar de la ausencia de calidad en el diseño urbano. No solo la ubicación de las viviendas e infraestructura (que no deberían ubicarse en zona de riesgos), sino también el diseño de pistas y veredas, y cómo este diseño impacta en la funcionalidad, la seguridad y la comodidad.

Una lluvia en Lima no debería desordenarlo todo, y es eso lo que ocurre. La gente llega tarde a sus trabajos y escuelas, los vehículos se atoran en el tráfico, los camiones se tardan en llevar las mercancías a destino y todos acaban de mal humor. Pero la lluvia no solo afecta la movilidad y el humor de las personas, tiene impactos más severos en quienes son víctimas de siniestros viales y caídas. Y, peor aún, tiene mucho más impacto en las familias que habitan viviendas con techos precarios o de materiales débiles que permiten que el frío se cuele y se instale en sus huesos, incrementándose las enfermedades respiratorias y abriéndoles la puerta a cuestiones más graves de salud.

Entonces, sí, hay que conversar sobre los pasos que se deben tomar para hacer de nuestra capital una ciudad adaptada al clima. Una ciudad que no se desbarate luego de una llovizna algo más fuerte. Una ciudad que nos ofrezca bienestar desde el cuidado diseño de su infraestructura y equipamiento urbano. Una ciudad que nos cuide y que, en invierno, nos abrigue y en verano nos refresque. Esto es viable, pero hasta ahora no quieren hacerlo y prefieren dejarnos una ciudad que hace agua.