La calor, la mar y la concha

“Estamos tan acostumbrados a esto que en vez de que saliéramos en masas a las calles a decir basta, parece que solo hemos suspirado profundamente”.

Estatua

(El Comercio)

La calor, la mar y la concha. (El Comercio)

Mariana Alegre
Mariana Alegre

Como ocurre en cada verano, el calor pide chapuzones y los dominicales piden reportajes de los ciudadanos con sus piscinas armables en las calles, a quienes critican por derrochadores de agua y privatizadores de las pistas de sus barrios. Se quejan de ellos, pero no cuestionan la poca oferta de espacios para refrescarse cuando la piel quema: ni piletas, ni piscinas y, a veces, ni siquiera sombra nos ofrecen los alcaldes. Esto se demuestra con la emblemática imagen del pobre serenazgo cuidando la alameda 28 de Julio –ausente de árboles– que buscaba guarecerse de la radiación bajo la raquítica sombra que proyectaba una de sus estatuas.

Así también, la afluencia de bañistas a las playas despierta a los que se quieren pasar de vivos. Desde los sapos cobradores de parqueos que, por ejemplo, en la playa El Silencio quieren sorprender a los visitantes, a punta de reclamos y exigencias, y cobrarles tarifa plana de once soles por adelantado, cuando, en realidad, solo corresponde pagar por cada hora de parqueo a la salida. Hasta el desubicado que aparece de cuando en cuando y cree que puede poner banderines y cercar una gran porción de la playa para hacerle el cumpleaños a su hija, al ritmo de cualquier melosa y estridente canción infantil, mientras todos los demás miran impactados y se arriman al residuo de arena que dejaron libre. Por suerte, en este verano no ha habido ningún escándalo por cercos que discriminan en playas en las que solo la Gente Como Uno (GCU) tiene acceso y que, por favor, no entren los demás porque wakala. ¡Ah! Y no nos olvidemos de la basura tirada en la arena por aquel al que se le antoja cebiche y choritos a la chalaca. Tecnopor, bolsa y tenedor por todo tu alrededor.

Y hablando de choros, la crisis política que sufre nuestro país ha alcanzado proporciones mayores. Lo terrible es que a los ciudadanos no nos sorprende nada pues ya sabíamos que todos eran corruptos, que todos recibieron coima y que a ninguno le importa el bien común. Estamos tan acostumbrados a esto que en vez de que saliéramos en masas a las calles a decir basta, parece que solo hemos suspirado profundamente y aceptado que así es nuestro destino y que ojalá la próxima vez nos vaya mejor con nuestra elección. Pero seguramente tampoco nos irá mejor, así que a apechugar y seguir aguantando que te cobren impuestos para que algunos engorden la billetera o seguir investigando para que otras te plagien y roben textos mientras se hacen de puestos públicos de importancia suprema. Así está la cosa pues, ¡qué tal concha!

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