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Querido Chino:

Te debo haber oído hablar tantas veces de tu película que siempre sentí que ya la había visto, muchos años antes de que la filmaras. ¿Cuántas veces me habrás contado los nuevos giros que se te ocurrían para la trama? En el camerino, en los viajes, en los comerciales, como quien no se cansa nunca de contar, una y otra vez, el mismo sueño. Y, de repente, el ansiado 5 de marzo llegó por fin y, después de décadas, volvimos a sentir esas heladas agujitas en la boca del estómago, ese nerviosismo de escolar tímido que detesta que lo saquen a la pizarra. Tú no alcanzas a alucinar lo increíble que ha sido tener la posibilidad de acollerarme en tu película. Qué largo y qué jodido tiene que haber sido el camino que te ha traído hasta aquí. Cómo se estarán arrepintiendo ahora todos esos auspiciadores que se llenan la boca hablando de la responsabilidad social de sus empresas, pero, cuando les dices que vas a contar la historia de la violación de una peruana pobre, huyen brincando por todas las ventanas. Sí, pues. Más fácil era no hablar mucho de mujeres, ni de justicia, ni de pobres. Más fácil era olvidarnos un rato de dónde vivimos y mandar al carajo el cine social. Más fácil era ponerse a contarles una de fantasmas o alguna otra bonita fábula arribista. ¿No se supone que vamos al cine para olvidarnos de los problemas? El jueves fuimos juntos a verla a Cineplanet Ventanilla. La audiencia vibraba, se reía, lloraba, rugía. La gente agolpada a la salida de la sala, llamándonos por el nombre del personaje. Fue cosa de magia. Seguro que ahora te van a decir que para luchar por los derechos de la mujer hay que hacer marchas callejeras y no películas. Seguro van a decir que te financian las ONG feministas o que te auspicia el gobierno. Seguro no se han enterado de que hay anunciantes que te ponían como condición que saques del elenco a tal o cual actor. O que hubo algunos que hasta te exigían happy end. ¿Es tan difícil creer que un peruano se haya puesto genuinamente la camiseta?

Más a cuenta te salía no poner el dedo en ninguna llaga, no hablar demasiado del Perú. Pero, cuando tú te obsesionas con un tema, no hay Cristo que te haga cambiar de planes. Y, para colmo, eliges el camino más difícil. Podrías haber rellenado la pela con ochenta marcas, podrías haberte forrado obscenamente de billete con una comedia populachera que les encantara a las empresas y se vendiera a la velocidad de la chanfaina porque –salvo Melcochita– no conozco otro famoso con más calle que tú. Pero no. No te importa endeudarte, tú te compras el pleito y eso es extraño porque ya nadie hace eso en el Perú. Las vacas sagradas nunca se mojan. Nadie se mete. Y los periodistas somos expertos en denunciar los abusos más espeluznantes para olvidarlos por completo al día siguiente. Pero, en los tres años que trabajé a tu lado, me asombró esa capacidad de hacer tuyos los dramas de los demás, de echar a andar agotadoras campañas de meses –fatales para nuestro ráting, que se iba en caldo– solamente para ayudar, para seguir los casos hasta el final, resistiendo presiones, pasara lo que pasara.

Cuando recuerdo los años maravillosos en que fuimos Enemigos…, recuerdo siempre a Juan Diego Céspedes, el chiquillo hincha del Alianza que luchaba para no morirse de leucemia. Llevábamos poco tiempo con el programa al aire cuando nos enteramos de su historia. Entonces yo pensaba que ya te conocía bastante bien. No había visto nada todavía. Hay que ver cómo nos pusiste a todos a organizar peñas, partidos benéficos, subastas, rifas y chifas… de todo con tal de reunir los 200 mil dólares que faltaban para la operación de Juan Diego. Nunca vi a nadie trabajar –¡y hacer trabajar!– de esa manera para ayudar a un desconocido. Te lo llevaste al estadio, lo llamaste todos los días para que su alegría no decayera y, cuando ya estábamos a punto de alcanzar la cifra, cuando ya parecía tu hijo… Juan Diego murió. A los quince años, maldita sea. No voy a olvidar aquella noche de junio del 2008, la densa tristeza que se respiraba en el set, los silencios ominosos que hicimos al aire sintiéndonos miserables por haber fracasado en el intento, rompiendo sin remedio el juramento de nunca llorar en televisión. ¿En nombre de qué te comprometes tanto con la gente, Chino?

La gente –que olvida rápido– se ha olvidado que llevas un año dictando charlas en institutos y universidades para recordarles a los peruanos jóvenes algo que los viejos parecen haber olvidado: que a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa. La gente se ha olvidado también que eres un escritor, que eres el autor de ocho obras de teatro y que, si Atacada te agarra del cuello y nunca te suelta, es porque lo tuyo es insuflarles vida a todas esas personitas que continúan saliendo de tu cabeza, sobre todo ahora que el cine es la chamba a la que vas a dedicar todo ese talento salvaje que ya hasta cólera da. A todos esos ruines maleteros por encargo que ya comienzan a asomar, a esos que –al día siguiente del estreno– apelan al recurso más bajo y corren a contar el final de la película y a interpretarlo todo al revés y a opinar que todo apesta, creyendo que así impedirán que la gente vaya al cine… déjalos, Chino. ¿Qué sabrán de lo que significa pelear cinco años, apostarlo todo en pos de su sueño? A todos esos pequeños trepones pobrediablos mini-lobbistas culturosos les deseamos que les sigan ligando cocteles y viajecitos a los festivales, que es el premio consuelo de los que jamás llegarán a filmar –ni a firmar– nada recordable en su puta vida. (A ti te hablo, Rodriguito Bedoya Forno, quien quiera que seas, hijito de tu papi, preciosura).

Siempre te he preguntado, Chino, por qué a lo largo de los años te rodea siempre tu mismo escuadrón blindado de amigos, tu misma, invariable, batería. ¿Por qué la gente te sigue como te sigue? Quizá porque sabe que lo que ve es lo que hay. Te sigue porque te conoce y, encima, te cree. Y lo que es más difícil todavía: porque te quiere y te será leal hasta la muerte, que es algo que tú contagias, sin querer. Ya vas a ver: en los días que vienen, tu triunfo se esparcirá pavorosamente como un reguero de pólvora. Bien hecho. Te lo mereces. Y después de que seamos todos testigos del vía crucis de Adriana Sánchez en la gran pantalla, la horrenda situación de las mujeres peruanas cambiará. Habrás hecho que el cine le sirva al Perú para volver a mirarse a los ojos sin miedo. Tu película está estremeciendo al país. Y ya lo ves. Y ya lo ves. Te lo mereces con roche, loco de mierda.