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Las casas en las que nunca viviré

“Ella me dijo que soy un soñador, que nunca me retiraré de la televisión, que no tendremos casa en Santa Bárbara”.

Las casas en las que nunca viviré

Las casas en las que nunca viviré

Las casas en las que nunca viviré

Jaime Bayly
Jaime Bayly

Volar de Miami a Los Ángeles, si no hay contratiempos, se hace largo y pesado, aun si consigo escribir durante el vuelo, o si encuentro una película que acelere el paso del tiempo. En teoría, son cinco horas, pero uno sale de casa a las tres de la tarde y llega al hotel, extenuado, diez horas después.

Mi mujer, nuestra hija, el perrito y yo viajamos a Los Ángeles dos o tres veces al año, debido a que mi mujer ama esa ciudad, y yo la amo a ella, y por consiguiente no me resulta arduo amar muchas de las cosas que ella ama. Nos quedamos siempre en el mismo hotel de Beverly Hills, donde nos miman de modos insuperables. Esta vez, sin embargo, no nos alojamos allí, porque la piscina estaba cerrada, en refacciones, habían tenido una emergencia, un accidente, no quisieron decirnos si alguien se ahogó, y por eso fuimos a otro hotel del barrio, algo menos lujoso, pero con una piscina muy cómoda y un estupendo spa.

Normalmente no alquilamos auto y todo lo hacemos a pie, muy a gusto: el hotel queda a distancia caminable de la farmacia, el mercado naturista, la tienda de perros, los mejores restaurantes, parques muy bonitos, de manera que todo lo hacemos andando, a nuestro aire, disfrutando del clima fresco, templado, nunca lluvioso ni sofocante, tan distinto del verano insoportablemente húmedo y opresivo, salpicado de mosquitos, que agobia en Miami. Caminar por Beverly Hills es una experiencia sosegada y placentera, ajena al estrés y el ruido infernales de caminar, por ejemplo, en Manhattan. Uno se siente realmente de vacaciones.

En esta ocasión alquilamos una camioneta porque queríamos conocer Santa Bárbara y Montecito. Mi mujer me había dicho que Ellen tiene una casa en Montecito, y ella ama a Ellen. Yo sabía que Oprah tiene la mansión más cara de Montecito. Debía de ser entonces un lugar precioso. Por eso manejamos dos horas hasta llegar a Santa Bárbara. La ruta se hizo larga y tediosa, por suerte nuestra hija y el perrito durmieron la siesta. Yo conocía Santa Mónica, Malibu, Sacramento, San Francisco, Sausalito, pero no había venido a Santa Bárbara, y sabía que me gustaría.

No imaginé que me gustaría tanto.

Tuvimos que elegir entre un hotel en la playa de Montecito, o uno en las alturas de Santa Bárbara. Este último me pareció más original: treinta cabañas en medio de unos jardines preciosos, bien arriba de la montaña, con vistas sobrecogedoras al mar. Sin embargo, el primer día resultó contrariado: fuimos a la piscina y una pareja de hombres se quejó porque nuestro perrito orinó al pie de la piscina y yo hice todo lo posible para limpiar el pequeño feo amarillento que dejó la mascota, infinitamente más hermosa y adorable que los amantes quejumbrosos, espantados por un mínimo meo canino; y mi mujer pisó descalza a una abeja, que, antes de morir, le clavó su aguijón en el dedo gordo del pie, provocándole un dolor espantoso, parecido al de pisar un vidrio, y una hinchazón que la tuvo coja y mortificada todo el viaje.
Pero lo mejor estaba por venir.

Los días posteriores, tras desayunar, nos dirigimos a la playa Butterfly. Entonces nuestro perrito conoció el mar. ¡Cómo gozó, cómo corrió extasiado por la arena, cómo se alegró conociendo a otros perros, cómo jugó con las olas que agonizaban, lamiéndoles las patitas! ¡Fue un espectáculo maravilloso! El mar tan helado no impidió que me diese unos buenos chapuzones, recordando las playas en las que fui feliz, La Herradura, Villa, El Silencio, tantos miles de kilómetros al sur, en ese mismo océano de aguas frías y arenosas. Lamentablemente, no hay en Santa Bárbara tumbonas ni sombrillas en alquiler, así que nuestras visitas al mar eran breves, una hora, hora y media, no más, porque no tolero exponerme al sol. Luego almorzamos en un hotel en la playa de Montecito, una propiedad bellísima, de arquitectura colonial, todos los camareros mexicanos tan amables y serviciales, especialmente Hugo Abrego. Luego, de camino a nuestro hotel, tuvimos el buen tino de parar en una heladería famosa del centro de Santa Bárbara, ¡menudos helados de café venden allí! ¡Había helados de café brasilero, turco, colombiano! ¡Con lo que me gustan los helados de café! Ya luego la tarde se deshacía, lenta y perezosa, en las tumbonas a la sombra del hotel, bien arriba de Santa Bárbara.

No fuimos al zoo de Santa Bárbara, mi mujer deplora los zoológicos, quiere que liberen a los animales. Fuimos al museo de historia natural, es pequeño, lo recorres en media hora, nos encantó. Visitamos los parques más lindos del pueblo. Porque Santa Bárbara no es una ciudad, pero tampoco es un pueblito, está a medio camino entre una cosa y la otra: en el centro hay tiendas de lujo, pero también cafés con aire bohemio, artístico, que no vi en Montecito, un barrio más exclusivo. Montecito es un sueño, pero las casas son enormes, unas mansiones cuyos precios oscilan entre los veinte y los ochenta millones, y las tiendas son pocas y bastante caras. Lo que más nos gustó de Montecito fue cenar en el restaurante Lucky’s, al lado de Oprah, que miraba con simpatía a nuestra hija, ensimismada en sus audífonos y su tableta: el filé miñón me pareció extraordinario, a la altura de la leyenda de ese restaurante, donde Ellen y su esposa suelen comer los fines de semana.
De todos los restaurantes que probamos en Santa Bárbara, el mejor nos pareció Olio, italiano, espléndido, tan bueno como el que tanto nos gusta en Beverly Hills. Soy un amante de la lasaña, y la que probé en Olio me dejó extasiado. Además, los camareros nos hicieron sentir en casa: un restaurante exquisito, pero no demasiado estirado ni pretencioso, con precios razonables. Lucky’s es genial, un clásico en Montecito, pero cuesta el doble, si no el triple, que Olio, y bien lo vale, aunque conviene saber que es un ambiente muy lujoso, todo el mundo bien vestido, donde yo me sentía como una mancha hedionda.

Una tarde me propuse recorrer las calles más altas de Montecito, por las que bajó un aluvión de lodo hace meses, destruyendo casas y dejando varios muertos. Recordé el barrio de Los Cóndores, con sus grandes casonas y el peligro de sus deslaves, a una hora de Lima, en el que mis padres tenían una casa muy grande, donde fui niño pío y adolescente rebelde. Montecito y Santa Bárbara son a Los Ángeles lo que Los Cóndores y Sierra Morena a Lima; lo que Tortugas y Pilar a Buenos Aires; lo que Zapallar y Cachagua a Santiago de Chile. Manejas dos horas, y el clima mejora, y puedes vivir en una casa con un gran jardín, y el tiempo pasa más despacio o más quieto, y la brisa te acaricia con la delicadeza de los vientos pueblerinos.

Por supuesto, ya le dije a mi mujer que, cuando me retire de la televisión, pasaremos los veranos en Santa Bárbara, huyendo de la canícula impiadosa de Miami. Por supuesto, ella me dijo que soy un soñador, que nunca me retiraré de la televisión, que no tendremos casa en Santa Bárbara. Pero yo, que siempre estoy buscando un apartamento en algún lugar del mundo (en Recoleta, en Madrid, en Manhattan, en Beverly Hills), he pasado estas últimas tardes, al pie de la piscina, mirando en Internet la casa que compraremos en Santa Bárbara, o la casa que nunca compraremos en ese pueblito, pero en la que ahora mismo sueño con pasar las diez o doce semanas del verano, cuando me jubile de la exhibición pública y quiera retirarme a vivir la vida quieta y ensimismada del escritor arriba de la montaña, recordando al niño que fui en aquellos cerros arenosos, tantos miles de kilómetros al sur.

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