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Nombre que la historia asociará a los duros enfrentamientos contra un criticado proyecto minero que fue impedido de llevarse a cabo. No por un cuestionamiento estricto de su legalidad (ciertamente conseguida con fórceps), sino porque los pobladores se sintieron amenazados por el proyecto y no se consideraban beneficiarios. A esto debemos agregarle todo lo demás.

Empresas que, a diferencia de otras, no supieron o no quisieron dedicar tiempo y recursos para convencer más que imponer. Creyeron que sus relaciones en las alturas bastaban y que las promesas comprometidas se cumplirían sí o sí, 'franeleados' también por sus funcionarios habituados al 'sí señor', poca ética pero muchos privilegios.

Un gobierno timorato, incapaz de dar la cara y reconocer errores. Un presidente sin capacidad política para maniobrar en un terreno fangoso pero previsible, justamente en el espacio social que utilizó como su base política para ganar las elecciones. De ahí, el vergonzoso "no es conveniente, por ahora", frase justificatoria para no acercase adonde las papas queman. Imposibilitado de replegarse y cambiar de estrategia, aduciendo que eran inamovibles "políticas de Estado".

Una derecha, más ideológica que política, aferrada al cumplimiento de la formalidad del "Estado de derecho" (cuando le conviene), pero sin fuerza y de antemano sintiéndose derrotada. Las izquierdas, con la iniciativa del partido de Marco Arana y el paro de la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) regional y del Sindicato Unitario de Trabajadores en la Educación del Perú (Sutep), cuyos dirigentes están ligados al nuevo movimiento "Unidos, por Otra democracia", apoyaron la lucha de los pobladores. Pero no fueron capaces de diferenciarse de los fundamentalistas antimineros, sectores "ultras" jugando a la insurrección, sicarios armados de gruesas cadenas y mineros ilegales.

Como siempre, los muertos –civiles y uniformados– son los de abajo.