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La señora Nadine Heredia es el blanco de agudos ataques, unos triviales y otros de fondo. Sobre los primeros, si apreciamos las acusaciones que le cargan, admitiremos que no tiene una casa como la esposa de Peña Prieto, no ha aumentado su dinero en inversiones muy productivas o especulativas como Cristina Kirchner, se viste de parecida manera a Dilma o la esposa de Correa, aunque nunca podrá compararse con la autenticidad de la compañera de José Mujica.

Los sectores sociales que la odian, curiosamente, la consideran una advenediza y la critican por ostentar y despilfarrar el poder que le gusta hacer público.

Ciertos políticos tampoco la pasan, no porque la señora Heredia se haya atrevido a cuestionar el actual sistema, al contrario, porque con maña y artes ocultos logró establecer relaciones propias, ya sin intermediarios, con los dueños de la pelota en la economía.

Sobre los de fondo, a pesar de la sonrisa, por primera vez se siente de verdad amenazada. Ahora, Nadine reconocerá que a veces es "difícil caminar derecho".

Mientras se sentía inexpugnable y todopoderosa, creía que no pagaría los costos de su temeridad e irresponsabilidad; basta recordar cuando declaró a la prensa que en la aventura de Locumba fue ella la que le dio coraje al comandante.

Pensando siempre en qué y cómo controlar el beneficio de su participación en la política, no se cuidó en recibir miles de dólares en "asesorías empresariales" para los análisis de mercado de productos que nunca se vendieron y consultorías que nunca se realizaron.

Dizque escribió artículos sobre la coyuntura política en el Perú para un diario del extranjero, el que le pagó mucho pero no publicó nada. ¿Quién la aconsejó para que hiciera esto?

Sin embargo, ganó cuando se le investigó, como es común con las personas cuando están en el poder. ¿Y después?