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Hace unos días vi el tuit de una persona que desde Venezuela pedía auxilio para conseguir Valsartán, que, como sabemos los hipertensos, es un remedio súper común y que se consigue en todas las farmacias. Sabemos, también, que la hipertensión hay que medicarla diariamente. Pero en Venezuela casi ya no hay medicinas. Y no todas las enfermedades son como la hipertensión. Algunas matan en pocos días. Es verdad que tampoco hay alimentos y que se recursean con sopa de sobras y malviven. Y los más desafortunados escarban en la basura a ver qué se encuentra. Es que los más pobres soportan mucho peor este horror cotidiano.

El drama venezolano se puede resumir, en código peruano, en la suma de la dictadura militar de Velasco, el desastre económico y moral del primer García, así como la perversión de todas las instituciones y la corrupción del fujimorismo. Todo eso junto y multiplicado por diez.

Algo hay que hacer dramáticamente urgente para que esa caldera no termine de reventar por falta de vías de escape. La oposición ganó el Congreso por abrumadora mayoría y el Ejecutivo le ha robado las atribuciones. La oposición ha ido a las calles para conseguir las firmas para un revocatorio que permita una salida democrática y el dictador recurre a todas las trampas para que no se pueda realizar.

En un caso inusitado de coraje político, el nuevo secretario general de la OEA ha decidido tomar al toro por las astas y pide que se intervenga con la Carta Democrática Interamericana, que se libere a los presos políticos y se canalice ayuda humanitaria.

El dictador se opone a las tres medidas y cuenta con la complicidad de los Estados (incluyendo el nuestro) que se contentan con declaraciones retóricas pro diálogo. Ha hecho bien PPK en solidarizarse con los presos políticos venezolanos y ojalá que su gobierno lidere la respuesta democrática del continente. Se lo debemos a la patria de nuestro libertador Simón Bolívar.